Un día en los pueblos de los Coroneles Pringles y Suárez

El 17 de enero -se complica laburar tantas fotos, el año viene complicado como todos- salimos muy temprano para los pueblos de los dos coroneles. Pienso que eran amigos del general, el que está en los billetes y le da nombre a innumerables calles y avenidas del país. Destino extraño el de este territorio de inmigrantes -deseados y no-, si parece, viendo un mapa, que está preso de un destino que es de armas y borcegos, de genocidio y de despojo. En fin, recuerdo que hacía un calor insoportable ya en la mañana mientras caminábamos las colonias desiertas de los alemanes del Volga; luego en Suárez recrudeció el termómetro y nos rajamos para Pringles buscando algo helado para refrigerar el interior: unas Stellas -¿dos o tres?-más unos quesitos muy bien atendidos calmaron la sed y la ansiedad. También hubo museo, el del avioncito y esa desagradable Mantis Religiosa grande como un puño. Y el atardecer bajo un manto de nubes tornasol. Más tarde fuimos a cenar y regresamos con esa tormenta que ya se ve en las fotos, sobre la bella y geométrica municipalidad de Salamone…

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