Escape a Bahía Blanca

Escaparse a Bahía Blanca es una contradicción, una imposibilidad… si una hora después de llegar uno siempre termina esperando escapar de ahí.
Tierras de chicas con piernas muy cortas, Bahía Blanca funciona más como la antesala de la Patagonia que como un sitio en si mismo… uno se siente en una especie de clínica kilométrica, dada la cantidad de consultorios que desolan con una asepsia blanquecina sus largas cuadras. Todo es pequeño y austero en Bahía Blanca: sus bares, su shopping, sus parrillas, sus restaurantes, su callecita peatonal… todo. Y es triste, porque aspira a ser ciudad y ya ni siquiera es pueblo. De todos modos esa tarde-noche la pasamos muy bien, caminamos mucho, recorrimos mucho, cenamos mucho y bebimos mucho. Y luego, pasada bastante la medianoche, regresamos a Villa Ventana en esa soledad de cien kilómetros de ruta bajo las estrellas que hoy, a medio año y hundido tristemente en el corazón de la ciudad Grande de Buenos Aires y de sus exigencias, se extraña. Sin explicación…

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