Un día en Monte Hermoso

Con cortocircuitos, llegamos a Monte Hermoso antes del mediodía, y la necesidad de mar fue suficiente para contrarrestar el frío y el viento de la sudestada. Luego de tres o cuatro horas bajo su rigor uno se pregunta si será casualidad o causalidad, el único día del verano que uno logra meter un tobillo en el mar, que éste se presente con una temperatura de crudo invierno y secundado por un viento de vehemencia patagónica. Nada personal, ahora en el recuerdo justamente se jerarquiza gracias a ese viento y a ese frío, y a esas velas y a esas nubes, y a esas gaviotas y a esos cortocircuitos -éstos, de un modo más extraño- . El sol asomaba entre nubes negras y gigantes como un pequeño país, y no faltaron ni el vino ni las rabas, aunque nadie puede con su genio si se comporta como yo, por esta razón la noche terminó con pizza y con un bosquecito de cervezas de la región.

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