Atardecer con amigos en Navarro

El bondi llegó a Navarro a las cuatro de la tarde; nos hospedamos en el hotel frente a la plaza principal, dejamos los bártulos, preparamos el termo y el mate y nos fuimos caminando hasta la laguna, distante a un kilómetro. Ya al llegar a la orillita, ni bien preparamos el mate y nos acomodamos en una mesa, llegaron los amigos perros. Tres, cuatro, cinco perros callejeros llenos de vida efervescente… la envidia de mis hermanos humanos, siempre tan asustados y serios y tristes y problemáticos. Los amigos perros nos hicieron reír, corrieron descontroladamente los autos que pasaban ladrando a todo decibel, durmieron con las orejas muy paradas como radar, posaron tranquilamente para las fotos, esperaron galletas muy quietos y con los ojos muy grandes, y finalmente, al caer el sol, nos acompañaron unas cuadras hasta que desaparecieron persiguiendo vaya a saber uno que cosa de vital importancia… Yo quisiera saber porqué a veces uno guarda en el alma no un libro, ni una música, ni un poema de amor, sino los ojitos de esos perros tan lindos que a uno le dan tanto por nada, esos seres que viven tan a fondo y tan fácilmente con la totalidad de sí mismos que son un ejemplo y también una denuncia para una raza que, como la nuestra, está tan lejos de esa bella realidad… tan lejos como lo está del amor que dice practicar y prodigar a sus semejantes en nombre de un Dios que ya debe haberse vuelto ciego de tanto llorar de amargura por nuestras patéticas e hipócritas miserias.

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