Tinku Tinku en la pared

En la pared… oposición astronómica y espejo de una combustión termonuclear que sucede a ocho minutos luz con veinte segundos. Algo así como ciento cuarenta y nueve mil millones de kilómetros. Sin embargo, viendo el color -que es su tiempo- y las sombras como estímulo, la percepción juzga esa distancia como apropiada, hasta podría decir perfecta. Luego está el contorno de lo que crece, la vida detrás de los ojos, y las huellas de la civilización. El mundo moderno intenta conciliar esas temporalidades sin lograrlo, por supuesto: el tiempo, esa abstracción espectral, es mi mente.
El pájaro que observa mi objetivo es anterior y es paralelo, dislocado, ajeno, absolutamente inalcanzable; sin embargo converge en alguna tangente, esa que me hace creer que su mundo es el mismo que el de todos.
El caminar y el ver, mientras se navega ese tiempo lo más cerca de su fin en si mismo, contagia todo con una especie de pureza que sólo permanece si no se encierra. El mundo, ese color en la pared, es suficiente, es más que suficiente, es perfecto… Nadie puede soñar con otro sol y con otros colores del espectro.

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