Rodeado de infinito

Lo más lindo de salir fuera de las cuatro paredes es que uno se encuentra, en un instante, rodeado de infinito. Luego se ajusta la visión a lo más pequeño e inmediato… el bichito, la luz en una antena de TV, una sombra, los colores, las nubes, la piel. Y al mismo tiempo, y en una polifonía sensoperceptiva, se viaja, se camina, se piensa en lo que se piensa mientras se espera la respuesta, si la hay… uno llega a ver bajo ese cielo, que es este cielo, otra realidad, otro paisaje, otra geometría. Y lo mismo en el corazón. Y en el alma. A medida que avanzo hacia el final de los días, voy intentando perder los significados de lo que me rodea, voy dejando caer las ideologías, las realidades, los dogmas. Y sueño con la utopía… ver todo una vez más con ojos nuevos, como al principio, gozar de la mirada clara del que recién llega, una mirada extraterrestre, una frescura de turista en el reconocimiento de la forma y del color. Y aunque nunca lo lograré, insisto. Porque si uno se enamora de lo imposible, que es también locura y magia, lo imposible se vuelve propósito, esencia, combustible y motor. Y también se vuelve droga… tal vez la única droga que mejora y sutiliza al iniciado en el exceso, en la sobredosis, en la loca alopatía de la aceptación total.

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