150 cuadras

“-La tierra es una cinta infinita-“, dijo el filósofo, “-y es como el río: no caminarás dos veces en la misma calle”-. Luego los pies hacen el resto: transportar la visión, el testigo… (¿son los pies el testigo?). Comandado el universo por su murmullo susurrando en los oídos, se basta la marcha a sí misma y el sol, como un antiguo prestidigitador, transmuta el tiempo sucesivo en colores siempre cíclicos, desde la plenitud del cenit hasta el fin del ocaso. Y la luna y las estrellas aparecen siempre al final, ardiendo como la plata desde sus impensables abismos.
“-…¿Que pida un deseo?… dijo al aire el conductor de radio…”-Ver Buenos Aires con ojos de turista; salir a caminar y olvidarme del tiempo del reloj, de los micrófonos, de todo-“.
150 cuadras son 15 kilómetros, siete horas de caminata con un alto de birra y de palitos fritos. A veces se siente que la inercia en los pies camina inapelable sobre el extendido y gigantesco pelaje de una criatura celeste, el cuero del extraño y mítico demogorgón que, dicen, sustenta y reedifica el hálito santo del planeta. Aseguran los entendidos que, entre la entropía siempre creciente de la locura porteña, esta sutil y solitaria criatura respira su majestuosa vida muy por debajo de la asfixiante capa de cemento. Y el Todo, porque si, se las arregla para generar su simpleza… elige las ramas del paraíso, la mirada del manyín, el horno 1 de Güerrín, los zorzales caminando casi entre las piernas y entre el aroma florecido del jazmín.
“-Un perro se nos ha perdido, un perro se nos ha escapado… el más grande, el más gordo. Saltó la valla del jardín y escapó detrás de unos gramos de porro…”.

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