Decadencia pizza -cumpleaños feliz-

Cuarenta y cinco años, frente a la edad del universo que nos sostiene, es la nada. Menos que una fracción de nanosegundo. La luz recorre treinta centímetros en un nanosegundo, y trescientos mil kilómetros en un segundo entero, más o menos la distancia que separa a la Tierra de la Luna. Esa noche, la de mi cumpleaños cuarenta y cinco, yo sentí que me separaban eones de tiempo de aquel yo mismo que a los dieciocho años comía de parado las porciones de fugazetta de Santa María. Esa separación, proporcional al cambio de bombillas por dicroicas y de pizarras por marquesinas coca-cola, se origina en la uniformidad, en la velocidad, en el atestado desencuentro, en la vasta profanación que se justifica en el aburrimiento. Romper porque sí, una TV eternamente encendida en la noticia amarilla o en el patético balón. Sólo queda un mozo de aquellos tiempos. Y la energía tiene el sabor ceniciento del triunfo, al fin, de la entropía que todo lo lleva a la máxima perfección. Decadencia porteña que tiende al infinito.
He observado el mismo proceso en otras latitudes, pero en ningún sitio duele tanto como acá. Estar sentado en la misma silla, en la misma mesa, en la misma pizzería y sin embargo percibir que esa pizzería ya no está, ya no existe… alrededor el simulacro.
Sucede, también, en la música… “estoy en la cola del supermercado chino y suena una música en la radio… un tema popero de rock & roll. Y es perfecto: los arreglos, el sonido de las guitarras, las sesiones de caños, la espacialidad; la letra ingeniosa y con gancho, los coros, las líneas del bajo y los estribos y las desinencias y los redobles del final. Y sin embargo ahí no hay nada, mis oídos perciben una música que, de tan perfecta y lograda, se vuelve insustancial, espectral, una mentira, un producto. Eso, un producto: la necesidad del artista ya no de exorcizar a sus demonios, sino la de alimentarlos para que permanezcan más tiempo, nutrirlos con la gloria efímera de la fama, con montones efímeros de dinero, y con la omnipotencia descarada -y efímera- que otorga el poder”.
Nos vamos. Enfrente, un estacionamiento. Caminamos hasta la parada del 123, frente al cementerio. Los primeros minutos del nuevo año esperando el colectivo. Llega, subimos. Las doce cantan desde un antiguo campanario en algún lugar entre Chacarita y Caseros. Nanosegundos, centésimas, décimas, horas, días y la vida que se va. Y nadie sabe donde va… exactamente como el viento.

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