Una noche en la distancia

Menos de un mes se ha deslizado por las vanas corrientes productivas del reloj, y sin embargo ya parecen imágenes de otro tiempo, de otra vida y de otra realidad. Laura Palmer muerta en la pared; rayos y centellas luego de las abundantes porciones de fugazetta en la Mezzetta -eso no es pizza, es una torta de muzarella pintada con cebolla- me dice mi amigo en el bondi, y tiene razón… y también ese recuerdo de esa charla parece ya tan lejano como el Big Bang. Y vos y yo como dos sonrientes espectros reflejados en las marquesinas de New York City, tan viejo el boliche como el torrente rojizo que recorre los vasos sanguíneos de mi atormentado cerebro. Y la lluvia que cae inexorable frente a los focos platinados de las máquinas y del asfalto frío. Luego, el hoy: la preocupación. Porque eso ha logrado este puto mundo mentiroso, abducir la inteligencia en pos de la vana preocupación que todo lo aniquila. En fin, que todo sigue y sigue y sigue mientras cada vez entiendo menos a aquellos que nunca quieren morir. Eso sí que sería terrible: vivir esta vida para siempre. En lo personal, quiero seguir, pasar la pantalla, trascender, volverme protón y neutrón… o esencia. Finalmente basta la fe: Dios, como siempre, sabrá porqué pasan -o no- todas las cosas.

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