Contextos socioculturales en las paredes de Buenos Aires

Digamos que estaba yendo hacia ahí: me esperaba la clase de Abraham -tal vez el mejor profesor que tuve en el CONSUDEC, exceptuando a la profe de guitarra- y entonces me crucé con una multitud de expresiones impresas en las mamposterías, detrás de las ramas, entre rascacielos, y busqué en la mochila y encontré la cámara, y disparé. Esa tarde me putearon, justamente, por eso -pelado de mierda, te voy a cagar a trompadas- y el tipo me siguió puteando durante dos cuadras, y eso me deprimió bastante, y recuerdo que miré al cielo y le pregunté a mi Señor -¿porqué me pasa esto, Señor?-, y si hubo respuesta fue la de siempre: -te pasa esto- me dijo el Barba -porque antes que a vos me pasó a mi, gil de goma-…

Las dicotomías sobre si seguir o no en carrera aburrieron mis sinapsis hasta el hartazgo, y prevaleció el sentido común, si es que eso existe… sigo en carrera, ya pasaron los éxitos parciales -o las derrotas- y me esperan los éxitos finales -o las derrotas-, y un cambio de hábito, de centro, de lugar, de clima: cambiar, después de todo, mudarse de ropas y de cuerpo y de ideología, es casi la única constante en esta vida… ¿casi? ¡no, es la única!… Y el ladrillito esencial sería, entonces, el amor. Ya les dejo los protones, los neutrones, los electrones y los quarks a los apóstoles de esa ciencia que busca a Dios en un tubo de ensayo y a la belleza en una triste reacción de papel de tornasol. Mientras tanto, confieso que yo he estado aquí, atestiguando el amor, la pelotudez y la locura…

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