Tiempo, vibraciones, tiempo, vibraciones, tiempo…

Y termina el año y perduran, un poco, las imágenes. Como las ondas concéntricas que en la superficie del lago se alejan desde el impacto de la piedra hasta volverse otra vez agua plana, así la vibración del recuerdo en la memoria y en el sentir. Una piedra cayó esa tarde sobre nuestro espejo fresco, porque así lo quisimos, y nos calzamos las ganas y salimos a caminar unos pocos kilómetros por la extensa periferia del Gran Buenos Aires… recuerdo ese impacto en el brillo del sol, en los barrios proletarios, en los templos liminares de adoración alternativa, en la luz abandonando el cenit poco a poco, en cientos de pares de miradas viendo mi única mirada, en las calles y en las aves y en lo cíclico girando todo alrededor, en las avenidas atestadas y en las repentinas aglomeraciones de agotados hombres-hormigas consumiendo el paraíso, en la estrella que se cae y en las sombras que se alargan hasta desaparecer en el infinito, en la noche que se instala de una vez y en los pies que duelen como duelen los pies luego de caminar cientos y cientos de cuadras y, finalmente, en el placer de sentarse en el restaurante de “La Hungaria” para pasar a clavarnos esa anhelada cerveza helada y un plato de gulash, y otro de cordero, y otro de arenques y también un vino tinto y todo, todo, todo, todo lo demás… eso que aún funciona porque aún respiramos -porque sí- y porque así lo quiere la providencia -el respirar es la prueba- y porque somos dos, que es más que uno más uno, y estamos juntos… Y mientras tanto, el año que ya se escapa, 2014 del borracho. Y perdura aún, atrapada en estas imágenes que destinadas están -como todo- al olvido, la nostalgia. Aunque sea, tan solo, un instante de tiempo más, unas horas más, unos años más, una vida.

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