Paladines de injusticia

Un preso me llama detrás de rejas, me pide un pan, un cigarro, me pasa un teléfono. Sigo caminando y me cruzo con una bella travesti con olor a miel: el cabello amarillo, los labios color rosado, dos pendientes gigantescos y el reloj que gira y gira y no para de girar… se ve en su piel, se ve en la extrema hartura de sus ojos. Espiral descendente. Flores como astros entre estrellas y entonces ellos llegan: los paladines de la injusticia. Están en un túnel, los tres, y comparten ese espacio con un alien de labios rojos y lengua viperina. Ellos defienden el capital, la competencia, defienden a JP Morgan y a la guerra y a las bombas que llueven sobre los pobrísimos países “rebeldes” que se resisten a ser saqueados. Me acerco y les hago algunas fotos… nada me dicen estos superhéroes, tan acostumbrados están al estrellato, a la fama, a las luces de escena. Dejo atrás a esas lacras imperiales y, llegando a Once, me enamoro de la chica parada en el cartel: sus sandalias, sus piernas infinitas, su prenda diminuta que apenas oculta lo esencial. Poco importa, para mi amor, que sea ella un mero dibujo propagandístico. Luego, la máxima: “¿quien sos para no brillar?”, y la orden: ¡brillá, pelotudo!. No brillo un carajo, me niego y me voy, y me cruzo entonces con Apolo que, pava en mano, toma mates amargos en una ruidosa calle del microcentro. A sus pies una cierva color rosa y pinta de atorranta aprovecha, Uzi en mano y tacones en los pies, la celebridad del semidios aporteñado. Sigo caminando, una, dos, diez, treinta cuadras… y entonces aparece el bebé: homúnculo tornasol de laboratorio clandestino desprovisto de alma, hijo del diablo, reverso del Señor. Aunque por ahí exagero y este bebé es sólo un viejo grafitti descascarado. En fin, llegué a destino, a mi clase de dirección coral: ahí todo es cierto y verdadero, Mozart y Adiós Nonino, cuatro por cuatro y compás de compasillo, sin lugar para la loca, loca, loca imaginación. Carpe Diem.

1 2 3 4 5

6

7 8 9 9a 10

Los comentarios están cerrados.