Por un paquete de salchichas

Increíblemente, la razón de tanto caminar fue un paquete de salchichas: alemanas, con piel, ahumadas, largas, gruesas, sabrosas… soñaba, también, con un gran pote de mostaza de Dijon muy marrón, condimentada con todas las semillitas de Francia, amasar unos pancitos de harina integral muy esponjosos por dentro y muy crocantes por fuera y, ante todo, con descorchar unas rubias muy heladas, y todo lo anterior bajo el amparo del helado chorro del aire acondicionado… en fin: zarpamos caminando, entonces, desde Caseros hasta el Carrefour de Avenida San Martín y General Paz para encontrar el deseado embutido, pero dentro del no-lugar sólo hallamos el hormiguero consumista, la locura pre-navideña, la colmena humana en su más perversa demostración de morfar-para-escapar (yo también pertenezco al club, no soy ningún superado) y ¡sin salchichas!, exceptuando, claro, a las ultra conocidísimas y baboseadas salchichas sin piel, sin sabor, sin humo y finitas como clavos del perrito. En fin, rajamos. Un momento de indefinición hasta que nos acordamos de José y de sus maravillosas empanadas. Movilizamos el esqueleto hacia esas dependencias, nos sentamos en la calle, nos clavamos unas cuantas de carne, las regamos con un par de birras nacionalísimas y nos fuimos para casa.

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