Desde el aire

Volar no se siente un privilegio cuando se practica en un rígido corsé de metal y plástico. Y menos aún si las pequeñas ventanillas imploran por un trapo humedecido en detergente… -“Amo volar”-, decía mi amigo, aquel que, más tarde, encontró la muerte justamente volando. No lo censuro, pero no lo comparto. Imposible imaginar, desde mi corpórea y densa humanidad, el sentir del pájaro o de la mosca. Pero estoy convencido que ese sentir, el del verdadero vuelo, no tiene ningún parangón con nuestras turbinas ruidosas y nuestros carburantes pestilentes y nuestras sucias ventanillas rodeadas de plásticos y latón.

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