Buenos Aires, cementerio y pizza

El Manu, cien dedos, me observa desde la mortuoria pared del camposanto con su afán persecutor, y me susurra: -hay alguien más por encima nuestro, aquel que, otrora, logró esclavizarnos lograda la derrota-… no lo culpo y sigo, a fin de cuentas todos estamos atrapados en un columpio que se balancea por debajo y por arriba, por delante y por detrás. Luego, las escenas del cementerio a través de un agujero en la pared: ángeles negros custodiando tumbas vacías; pisos y techos detenidos entre una brisa que sopla extática; olor a flores muertas, a perros sucios, a alcohol nocturno, a sexo bizarro entre sepulcros una noche de luna llena… la necrópolis encierra toda su oscuridad en ese silencio amortajado como momias egipcias rellenas de tiempo. Macumbas. Deseos de matar y de morir. Finalmente un pedido de respeto y la pizza y el amigo y, a fin de cuentas, la vida, que no es otra cosa que tiempo. Y también, mucho, muchísimo más.

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