Primer día de febrero

Domingo, sol, calor. Salimos de casa rumbo a Ballester bajo los rigores del verano y de la estrella; caminamos por Hornos hasta Perón, como un río navegamos la avenida por tres cuadras y giramos a un meandro de la izquierda, remontándolo por más de quince cuadras. No se crean que es fácil, cuando uno planea un itinerario consultando el Google map, sólo dispone de calles, plazas, espacios llenos y espacios vacíos. Luego se sale y entonces aparece la realidad. Me refiero a las motos de a dos, a los mitotes embrujados, a las villas de emergencia (que feo calificativo: “villas de emergencia”), a los templos de adoración africana xexexexexé, a la luz que se retira, a veces, mientras uno atraviesa alguna de estas dramáticas eventualidades de a pié. Entonces, la verdadera emergencia. Hubo geishas entronizadas y rastros élficos de amor; señales de archienemigos vampíricos, seres lovecraftianos y rubias taconeando en vidrios encantados. Y que nos íbamos a imaginar que hasta aparecería el presidente de ese país que comercia en metálico, transando condenas y vendiendo indulgencias, a punto de morfarse un pibito. Un asco, la verdad, un verdadero asco.

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