Viernes, caminata y café en Palomar

Viernes por la noche, luego de ocho horas seguidas de clase en UNTREF y una comida frugal en casa, pateamos rumbo a Canela café, en Palomar. No alcanzó ni la distancia -es muuy cerca- ni el silencio, ya que un viernes por la noche siguen fatigando los oídos una miríada de ruidos ininterrumpidos; ruido a motor, a escapes libres, a motos al palo con wachiturros al palo, a trenes que pasan, a perros que ladran, a celus, a boeings, a tacones de putas, a polis, a parrillas, a bingos, a macdonalds que macdonalizan el planeta-palomar mientras el propio cerebro nunca para con sus putas exigencias verborrágicas, exigencias que van desde el éxito en cualquier cosa que se emprenda hasta la necesidad de volarse a si mismo con la droga más rápida e inmediata -no me malinterpreten, al hablar de drogas voy desde el sexo hasta la comunión católica, pasando por el porro, el alcohol, tinelli, la pizza, el fulbo y componer una sinfonía para lograr sentirme, por lo menos, mínimamente cierto-… pero en fin, Canela aportó un feca doble con crema y una porción compartida de torta de mousse de chocolate blanco, una especie de dulce bomba atómica que echó por tierra la abstinencia del día. Mientras bebíamos los cafés y leíamos el gran diario argento -y un par de patéticas revistas policiales-, Jenifer López revoleaba el culo en un plasma de 50 pulgadas justo detrás de mi chica, y mientras lo meneaba con insistencia intentaba desarrollar algo parecido al canto, al arte, al espíritu, a la verdad. Y fracasó, ciertamente. Volvimos a las dos de la mañana, en silencio. Y ahora estoy terminando de subir las pocas fotos que hice en medio del anterior trajín; y luego me voy a tomar un té de hojas de sem para mañana poder cagar. Y voy a leer un poco más de “Trópico de cáncer” de Miller. Y luego, a dormir.

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