El recuerdo de un amigo -Victoriano Pinuer-

Verano de 1994, Villa la Angostura, lago Hahuel Huapi; un asado remontando el brazo “Última Esperanza”, casi como Kurtz, pero no. Porque cuando nos juntabamos en la lancha, tu “Moviana”, la excusa era el asado, los cigarros, la charla, la pesca de las truchas, la caída del sol navegando en la calma mientras asomaban los secretos mejor guardados, esos secretos que se callan en la mesa familiar esperando la ocasión de un buen amigo. Ese año estabas bien, y yo estaba como vos, siempre la risa y el vino y la capacidad para burlarnos de la seriedad del mundo. Y los dos ajenos a la tormenta que ya se avecinaba en el horizonte, en los dos horizontes: tu muerte en menos de tres años y mi muerte soplándome en la nuca, muerta de risa, llevándose lo que, en ese momento de mi vida, era lo mejor, lo más amado y mejor guardado. De todos modos, vos sabías como es la vida: de tan certera, aburrida; de tan dramática, ridícula; de tan indiferente, risible. Tengo miles de recuerdos de tu amistad en mi interior: tengo guardada tu voz, el sonido de tu risa, el modo apresurado de levantar la “cuchara” que arrastra la trucha que aún respira; las mañanas en el hotel Correntoso con la manteca y todas esas sórdidas palabras chilenas, soeces palabras chilenas, casi inocentes de tan machistas. Recuerdo un viaje en auto hasta San Martín de los Andes, un viaje de hospital, desnaturalizado… no encajabas en el auto, tu ámbito era la lancha, el fuego, el recuerdo de tu viejo y la libertad. La última vez que te fuí a visitar fue la primera que te encontré amargado, más flaco que el aire y ya sin ganas de pescar, asustado. Recuerdo la luz que entraba por la ventana mientras llenabas el mate de yerba, una luz color ámbar… irreal. Vos te estabas muriendo y yo estaba en otro mundo, el alma toda cortada por los navajazos del infortunio y de la calamidad. Te fuiste como se fué tu viejo, fuera del ámbito natural, colapsado en un hospital de mierda de Neuquén capital, lejos de todo el significado de tu vida. El último contacto, un llamado telefónico… la voz de Carlos, tu hijo. Y chau.

En fin, yo aún estoy acá, estoy vivo y nuevamente enamorado, sigo con la viola y con las fotos y con el vino y el asado. Y nunca te olvido, amigo, y espero volverte a encontrar. Porque aún me aguarda mi muerte, la extraña y enigmática muerte, esa insoslayable “Moviana” que de tan certera, aburrida; de tan dramática, ridícula; de tan indiferente, risible.

Comentarios

El recuerdo de un amigo -Victoriano Pinuer- — 8 comentarios

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