Purmamarca

Purmamarca era, entre todos los destinos, el insoslayable, el recomendado por innumerables personas, aquel que, en sus palabras, mejor guarda el espíritu del norte argentino. Por lo tanto grande fué la desilusión cuando, al llegar, ya desde el micro divisamos un mar de turistas como un río creciente y desbocado, mucho más cercano al microcentro porteño que a las tan necesarias soledades de la puna. Bajamos, caminamos, hicimos fotos, observamos en silencio. Una hora despues de llegar caí en la cuenta de que era imposible hacer una foto sin gente turisqueando, comprando, regateando, posando para la eterna propaganda de coca-cola, es más, era imposible hacer una foto sin gente que apareciera a su vez haciendo una foto. Lamentable. Los mercados son maravillosos, tal vez excesivos, pero se entiende, el turismo lo es. El paisaje, bellísimo, pero tristemente condicionado por ese mar de hormigas humanoides disfrazadas de chola con sus bolsillos llenos de dólares y sus siempre insatisfechas ansias de tener y de poseer más y más. Luego me entraron ganas de ir al baño… entré en un comercio y el dueño, porteño, me negó el favor con una perfecta sonrisa McDonalds. Entré a otro, lo mismo. La escena se repitió varias veces para terminar meando en plena calle, en una parecita frente a la terminal de micros, que no es una terminal, sino una habitación muy pequeña en donde un empleado te ladra furioso mientras intentás huír con su pasaje, que en realidad es tuyo porque ya lo pagaste. Creo que estuvimos tres horas, y fueron suficientes. Tal vez para disfrutar Purmamarca haya que esperar el apocalipsis y su escatológica reducción de la humanidad a unos pocos sobrevivientes. O tal vez esperar que la ciencia consiga viajar en el tiempo y apurarse a comprar un tour para la época en donde reinaba la barbarie y aún no había llegado el hombre blanco, el homo sapiens, el refinamiento de la civilización.

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