El arte y los objetivos -caminata-

“¿Hasta cuándo dormirás, perezoso?, ¿cuándo te levantarás de tu sueño?”

Cuando uno colorea una tela, enciende una cámara fotográfica, martilla el teclado de la PC o digita una guitarra, está ejerciendo un acto de libertad. Pero, condicionado el acto por una serie de premisas nacidas en Palestina hace aproximadamente unos tres mil años, puede ser éste convertido en una carga, en un mandato, en una presión –prisión-, en un ahogo.
Tal vez el primer error que cometemos sea el de tomarnos las cosas -la vida- muy en serio. La vida tiene valor, un valor esencial y profundo, el estar vivo permite el acto creativo, uno crea porque está y respira, pero la indiferencia de lo contingente, esa lejanía siempre muda que nos rodea y que invariablemente calla y que es todo menos lo humano -incluido el tiempo-, nos inclina a pensar y creer lo contario. Y lo contrario no es que la vida no tiene valor, es que carece de importancia (estamos excusados de idiotez, si cuando uno ejerce su solitud y empieza a pensar por si mismo ya ha sido bombardeado durante años desde el pizarrón al pupitre por esos tristes apóstoles -y dementes secuaces- de la desdicha)…
Por otro lado, pero hija de la misma nefasta raíz, la vida del artista parece ser una vida de calidad superior… y tal vez lo sea. Para comprobarlo basta leer los diversos reportajes hechos en las revistas especializadas a estos seres tan sobrevaluados, o encender la radio y la TV, aunque a veces uno no llegue a entender realmente si asiste a las sabias palabras de referentes sujetos integrados o a patéticos actos circenses de tercera categoría. Porque lo que el consumo le hizo y le hace al arte -“acércate a la hormiga, perezoso, observa su conducta y aprende”- es convertir el juego en objetivo, la obra en mercancía, la libertad en otra cosa: una mutación desde lo espiritual hasta la mera superficie, que brilla con la fatua luz de las estrellas en la vidriera del mercado neoliberal.
Podemos soslayar las hamburguesas, basta observar todo alrededor para vislumbrar la macdonalización de la cultura, del arte y sus peores vástagos -la publicidad-, porque todo es, o debería serlo si sirve para algo, sensible a la clasificación y a la venta. Si no vende o no pesa o no mide, no sirve, reza la máxima.
En este contexto es fácil ser punk, basta con no tener piercing ni tatuaje ni celular para estar reloco, recontra re fucking loco, y ser un militante del free art, del copy left, y todo lo que implique volver a la infancia; separar el arte de la guita, hacer y producir arte por necesidad espiritual, hacerle pito catalán a las necesidades de mamá, jugar el propio juego con reglas propias sin que a uno le importe un pito Alan Greenspan y Bono Vox, hacer música con los ruidos del lavarropas, fotografiar cualquier cosa, pintar con cualquier sustancia y color, escribir con un nuevo alfabeto transparente palabras que signifiquen, como un mantra, siempre lo mismo: el arte es, sin objetivos, sin meta, sin nombre, y refleja la vida, entonces es también sin importancia. Cagarse en la rigidez de pensamientos es salud, porque nunca importa hacer arte, no importa nada hacer arte, lo único que importa, sea la idiotez que sea, siempre está en la radio, en las revistas, en la TV. Y en los artistas. Pero insisto, hay vida más allá de estas desgracias, el sol brilla sin enchufes, sin puerto USB, sin Wi Fi, sin microondas ni antenas ni nada.

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