Chorrillos (1)

Llegamos a Chorrillos justo cuando se retiraban las últimas luces del sol. Lo primero que pude percibir fué que eramos los únicos turistas; lo segundo, que estaba todo bien, que naturalmente todos nos ignoraban o nos sonreían, y que nadie se preocupaba por nuestra presencia, ni por nuestras fotos, ni por nuestras caras dibujadas de feliz cumpleaños… el azaroso hecho de estar ahí, absolutamente fortuito, explicaba la ausencia de visitantes ajenos al carácter de la celebración. “La fiesta del queso de la cabra”, con cantores en vivo, bailes, copleras, chicha, tamales, empanadas, fernet, vino y decenas más de variantes culinarias milenarias, es una fiesta plenamente auténtica y autóctona que se celebra en el pueblo año tras año y se prolonga durante un fin de semana, en el cual los participantes, que son los verdaderos descendientes de la tierra jujeña, las estrellas, los vientos, el sol y la Pachamama, dejan todo, absolutamente todo, en pos del espíritu de la celebración y su cultura. Con mi chica bebimos fernet, chicha, cerveza, y cenamos empanadas; ya bajo los efectos del alcohol comenzamos a interactuar con los demás, que también estaban bajo el mismo efecto… en fin, abrazos, llantos, brindis emotivos en mesas llenas de música con compañeros desconocidos, compañeros abiertos como un libro, mostrando bajo las luces de las farolas amarillas y frente a nuestros propios ojos empañados por las lágrimas, las largas y profundas heridas infligidas por del paso del hombre blanco en su tierra y en sus historias. Sin quererlo también nos contagiaron su mágico sentido del tiempo y del objetivo: no tiempo, no objetivo. La noche se prolongó durante horas y nosotros nos deslizamos gustosos en ella. En esta primera parte, la de la sorpresa, permanecimos de pié y, todavía, con algo de control sobre nosotros mismos. Y estas son las imágenes, postales que cobran más valor en el recuerdo que, dichosamente, se resiste a abandonar los vericuetos insondables de la memoria.

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