UNTREF (viernes 10 de agosto, 2012)

Viernes, 14hs, cultura contemporánea, hace un calor de los mil demonios. En el aire hay olor a pileta, a agua fresca, a primavera temprana. Entro en la clase del aula 404 y ya hay como veinte personas sentadas. Me miran. Les doblo la edad a la mayoría de ellos. Quiero sentarme junto a la ventana en un banco que veo libre, pero para acceder tengo que abrirme paso entre veinte pares de ojos apretados, pero da igual. Me siento. Desde el ventanal abierto, el primer plano es para el edificio del banco cooperativo, un bello edificio. Recuerdo entonces que solía, a mis 13 o 14 años, entrar sigilosamente con algún amigo, tomar un ascensor y subir hasta la terraza, desde donde se puede ver la costa uruguaya. Luego no hay mucho más para ver… techos, carteles, una cruz de un templo, una enredadera de desmesuradas proporciones que nadie hasta ahora intentó detener. La visión desde el cuarto piso, amplia, me genera felicidad. Estoy feliz de estar acá, me refiero a la UNTREF; pero tambien estoy feliz de respirar, de vivir con la mujer que vivo y de hacer lo que hago. Y hasta a veces llego a sentirme feliz de no hacer lo que no hago.
Estoy, se puede decir, satisfecho de ser turista, aunque esto no me deja mucho tiempo para recorrer y probar todo lo que quisiera… mucho menos para preocuparme por no poder comprar un dólar, o preocuparme por una medalla olímpica o por una ya repetida falencia en el servicio del tren.
Hace casi 43 años que estoy turisqueando por este planeta, y no hace mucho que voy aprendiendo a querer lo que soy, lo que tengo, lo que hay y lo que no, lo que se presenta. Aceptar, algo que intento hacer carne en todos estos años, es una clave. Aceptar todo: el frío, la condena, los gritos, el humo, la carencia, la piel, la locura, la desdicha y la banalidad. También la miseria y la codicia, las nubes, el color. Aceptar, porque se detiene el contador, se cierra la vista, se acaba el viaje, chocan los planetas y a dormir. Y chau dólares.

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