El pueblo de Salvador María

Al final de la vía apareció una estación solitaria y sola, llena de yuyos, con caballos todo alrededor y un gran cartel muy viejo: “Salvador María”. Entonces enfilamos hacia la derecha y nos mezclamos un par de horas con ese pueblo y ese tiempo que es otro tiempo, un tiempo paralelo a cien kilómetros de la gran ciudad, en donde la relatividad einsteniana se ve completamente verificada sin necesidad de partículas sub-atómicas aceleradas a un diez por ciento de la velocidad de la luz. Compramos una cremona, tomamos mate, hicimos fotos, filmamos las sombras, espiamos la capilla, intentamos comprar una gallina, vimos caer el sol y asomar la primer estrella, interactuamos con los perros (siempre, los perros nos adoran), y finalmente nos fuimos por la misma vía que vinimos y de regreso a la laguna de lobos, sintiendo que, otra vez, un pedacito de nuestro corazón quedó latiendo por ahí, entre los grillos y las callecitas que mueren en el campo, entre las acequias y los astros que asoman entre nubes sin rumbo ni motor.

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