La memoria del horror

Es la vida. La brisa, el bondi, los besos, la pizzería, los amigos, la Fe, el dolor, la escuela, el llanto, el hospital, las vacaciones, la lluvia, el trabajo, la cárcel, la risa, la radio, la competencia, las noticias, la libertad, el fútbol, el cementerio, los libros, las sirenas, la guerra, los pájaros, el arte, los sueños, el amor, la poesía, la nostalgia. La Utopía. La memoria. El pasado… y el horror.
Tener muertos en el pasado le hace algo al presente, lo cambia, lo muta; como bombardeado por una lluvia de rayos cósmicos de alta energía, lo rearma o lo destroza. Es la memoria de los que ya no están, los que duermen en el camposanto o en las historias de lo remoto… algunos viven aún en un puñado de palabras, otros en una música o en una forma en la piedra; piedra que, a diferencia de los mortales, engaña con su aspereza pretendiente de eternidad. Pero no.
Y están los otros: los que ya no están, o no están hace tiempo, mucho tiempo. Y sin embargo, podrían estar en algún lado. Porque, cual Enoc antediluviano, simplemente han desaparecido.
Sólo que Dios no se los llevó: se los llevó el horror.
Pasar por el “Haroldo Conti” siempre es una actualización: de la muerte, del vacío, de lo inentendible, del miedo, de la persecución, de la intolerancia, de la represión, la imposición, el juicio y el abuso. Paradójicamente, quema como ese fuego que renueva y llena los cojones de gloria, de ganas de pelearle a la contra, de resistir. Y uno camina por esas calles y piensa “por acá han pisado”, o adivina un grito entre las sombras, o una mancha que pueden ser las lágrimas, las últimas antes del ahogo y la muerte. Pero no.
Luego salimos, claro, y Avenida del Libertador y las dos piernas que, decenas de cuadras hacia el norte, nos llevan a unas hamburguesas y a la risa y a la íntima sintonía del amor.
Que paradoja que sea tan bello -y necesario- ir a ese sitio en donde hizo campamento la locura.

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