Siete Burds en Bellagamba

Recuerdo las tartas, una de verdura y una, goma, de jamón y queso… en realidad ésta última era rellena de -¿?- y queso. Recuerdo la niebla en la caminata de ida mientras bordeábamos la línea del San Martín. Recuerdo que la desazón se convirtió en dicha y también recuerdo a la lluvia cayendo como baldes detrás de la ventana, y más tarde todo alrededor. Pero antes de la lluvia en la piel y del chubasco feliz, te recuerdo a vos, haciendo caras para mí en Bellagamba, seno de las tartas rellenas de preguntas y de la calentura a microondas.

Las fotos me gustan porque me generan una oscilación que va desde la ternura total al espanto demoníaco… creo que tal vez tienen algo de Alien 4, los dientes como chicles derretidos, los ojos empotrados en materiales que pueden ser orgánicos, tal vez hasta no de este mundo. Y sin embargo te amo tanto y te siento tan cerca, casi como se percibe un mapa-fueguito, que adivino tu calor tranquilo detrás de las distorsiones que el abuso de la ciencia ficción estratizó en las sinapsis de mi vapuleado cerebro. Pero en fin, prefiero un cerebro vapuleado y exprimido a uno en donde anide, en una colonia de huevos expectantes, una miríada de certezas asépticas sin lugar para las dudas.

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