Espiral

Aunque una nube de culpa flotaba en el horizonte, sintió algo parecido a la dicha cuando se fue de la casa paterna y se subió al bondi para nunca volver.
Le gustaba la libertad más que nada en el mundo, tanto que no pudo esperar a cumplir los dieciocho. En la gran ciudad enseguida buscó una pieza, un colchón y una frazada, y en la calle rápidamente se mezcló con la noche y sus criaturas mutantes. Un ángel de alas negras y ojos de fuego se instaló en su pequeña espalda, y en cada encrucijada un susurro helado le hablaba en su oreja izquierda palabras rígidas en un idioma extraño.
Creyó diseñar su futuro, se esforzó en modelar su cuerpo, instaló una prohibición en la boca y otra en el bolsillo… quedó el presente empeñado en un único objetivo futuro.
Los primeros meses de libertad bailaron frente al espejo; los cosméticos y el cabello fueron el atavío de las horas.
La noche que despidió al primer cliente lloró de emoción, mientras Evita le sonreía triste y lavada desde los billetes de cien sobre la cama.
Unos meses más tarde, ya bien entrenada en el trabajo del amor, se puso las tetas, grandes y redondas, y salió a mostrarlas por avenida Corrientes apenas enfundada en una leve remerita de algodón color rosa.
Pasó el tiempo y pasaron los cuerpos; lluvias y vientos eclipsaron un poco esa felicidad que esperaba encontrar en el ejercicio del sexo y de la entrega; el ángel negro se multiplicó en decenas de secuaces y entonces se enfermó con unos bichos que enseguida se volvieron crónicos aunque nunca amigos. Su cara cambió en el espejo, sus labios se volvieron muy rojos; su piel, de tan leve, brillante como la cera virgen. Una sombra hubo siempre detrás de su mirada. Un destino de tragedia muda, de muerte anónima, de irremediable soledad.
Un par de años después, el cuerpo cansado, se dio cuenta que ya había pasado la cresta de su ola, y se desesperó. Para sobrevivir, hizo todo lo que el ángel le ordenó: mezcló la carne con la química, extremó la inanición, filmó cientos de películas… cada una más loca que la anterior… crecientes imposturas inmoralmente refinadas.
En su cama durmió con todo lo que el dinero le ofreció, en una combinación de combustión gaseosa que, cuando estalló, precipitó el final en un acto absurdo.
Una noche, luego de castigar su cuerpo con el aburrimiento de la carne, comenzaron las pesadillas. Una era recurrente: moría y le robababan un diamante, se lo arrancaban de cuajo desde su interior. Luego, soñaba con serpientes de color negro, serpientes casi inmóviles con ojos siempre abiertos y carita de jabón.
Empezó a enflaquecer, su cara se fue volviendo gris, los clientes ya no venían. Una noche, por unos pesos, la encerraron en un garage y, de la violación y la golpiza, salió en una camilla al otro día entre las burlas de los polis que seguramente hubiesen continuado con la función si el sol no hubiese ya brillado cerca del cenit.
Trataba de no comer porque veía lombrices en la cena; trataba de no salir porque los ladridos soeces de los perros le perforaban los tímpanos.
Un domingo sintió que alguna oscuridad con alas de seda la abrazaba. Poseída por el enloquecido deseo de convertirse del todo en lo que nunca sería, se mutiló. Se quedó tiesa y toda llorosa viendo la sangre muy roja y el pequeño pene tirado ahí en el piso.
Amaneció en el hospital. Las tetas le ardían, y una payasesca mueca horrenda la vigilaba desde el techo.
Esa noche, la última en el hospicio, soñó que se iba preñando con algo nuevo y hermoso. Antes de despertar, una miríada de demonios rojos le abrieron el vientre en canal y le arrancaron al niño vivo.
Unas horas después la ambulancia la dejó en la casa de su padre.
Murió dos días después.

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