Dos perros en La Paz

Volvíamos del bar Diesel, en La Paz… música y color, tragos y humo, un bar de esos que ya no se encuentran en las ciudades modernas como Buenos Aires, porque la modernidad es así: idiota. Yo había tomado vodka y tequila con locoto; vos chuflay y cerveza boliviana. Caminamos bajo las estrellas. Las calles vacías de gente y llenas de silencio, con una cierta amenaza que provenía más de nuestras sinapsis de clase media que de alguna amenaza real. En una vuelta de la esquina aparecieron: pequeños, lanosos, gritones, casi ridículos. Recuerdo que yo me reía del tremendo kilombo que hacían… estaban indignados, al parecer estábamos violando su indefinido territorio perruno con nuestra humana caminata. Nos siguieron a los gritos casi por una cuadra; uno de ellos, al ver mi cámara de fotos, amagó morderme el talón, pero se contuvo, seguramente percibió mi no miedo. Luego callaron y se quedaron ahí parados y extáticos, viéndonos alejarnos en silencio. Y estoy casi seguro que la última vez que me di vuelta para verlos adiviné en sus pares de ojitos un brillito de nostalgia, casi de desazón, como si en el fondo hubiesen querido que, en vez de irnos, nos hubiésemos quedado ahí con ellos, acostados en un costado de la calle vacía viendo las estrellas hasta el amanecer.

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