Lo que duele

Cae el sol. Estoy sentado en el jardín de mi casa viendo como las nubes pasan lentamente y cambian de forma sin detenerse un sólo instante, y estoy pensando qué poco me siento a ver pasar las nubes desde aquí. En general mi sitio está frente a la PC, frente a la guitarra o en la cocina… también escuchando la radio, haciendo fotos, sentado frente al piano o acostado en la cama leyendo un libro de ciencia ficción. Pero las nubes, no. Y es bastante contradictorio, porque amo ver pasar las nubes; me seda esa cualidad de lo sin forma o la forma que nunca es forma fija; esa metáfora de la transformación, el no camino, la libertad sin marcos ni metas ni objetivos de cagada. En general suelo acostarme en el pasto a ver pasar las nubes en otros ámbitos, ámbitos lejanos, en un papel turisquero. Pero hoy, aparte de ver las nubes pasar desde el jardín de mi casa, rareza, también me duele. Y lo que me duele es esto: todo alrededor. Y también me duele esto: todo el interior. De nada valen los objetivos logrados -justo antes de llegar, lo más importante del mundo; una vez logrado, el inmediato olvido, la pérdida del interés-, y tengo razones para sentirme bien, pero todo lo demás, que también es, pesa en la balanza y desajusta la cuenta, caga la ecuación, aparecen las putas equis que nunca resuelven y, bien entrada la cuarta década, se comienza a sospechar en la certeza como regla, y certeza que reza esa no resolución, el quinto grado séptima menor que queda ahí vibrando ad libitum mientras se van muriendo poco a poco los espectadores del show y se desarman las mesas y se guardan las sillas y se apagan las luces y el sonido hace “plop”, y el acorde sigue y sigue y sigue sin parar, como un órgano barroco, sigue hasta que llegan las generaciones nuevas y entran y se sientan a escuchar, y sigue sin parar y resuena como un puente que nunca es el mismo pero que es siempre igual, que nunca se repite pero que siempre termina con ese acorde despiadado y dominante y tensionante y vacío de contenido, vacío de sentido, sin sentido… un acorde asesino… porque ese acorde es la música residual del fondo de la vida y de la muerte y de todas las posibilidades entre el útero y la tumba, ese acorde que llega justo hasta al borde exacto de la no paz, de la pregunta sin respuesta, de la no fe, de la pérdida del sentido. El extravío del sentido. El majestuoso acorde del sin sentido… algo así como sonaría la pérdida de Dios y de la magia.

En fin. Aparte de ver pasar las nubes hice algunas fotos… digamos que les robé un rostro, una forma, un contorno. Porque una foto de una nube es como una foto del agua del río que nunca se detiene. Una especie de mentira que muestra lo que, en realidad, nunca sucede. Porque vivimos tratando desesperadamente de establecer hitos en el plano de la no explicación. Buscamos una regla, por lo menos, que nos mienta y nos haga creer en la solidez del piso bajo la planta de los pies, una verdad comprobable y duradera…

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