Tren nocturno a campo traviesa

El tren parte desde Merlo a las 20 hs y nos acompaña Don Raúl de Las Heras, uno de esos amigos improvisados por la vida que de repente aparecen y ofrecen hasta su casa como pago por un poco de charla que es gratuita. El tren, o lo que queda de él, avanza a campo traviesa colando el viento salvaje que silba entre los vidrios dentados de las ventanillas rotas, y uno se va imaginando la llanura larga, los animales echados en la oscuridad, una helada de agua empantanada y de grillos callados bajo las estrellas frías y plateadas. Aparece una estación que es viva imagen de la desolación, pero lo es también de la dicha: tanto amarillo y tanta soledad deja entrever un fuego crepitando entre paredes de barro, danzando con un juego de sombras en las caras sucias de los niños que duermen y también en las frazadas pesadas que los cobijan. Antes de la estación final, que es Lobos, somos sólo siete personas en un vagón diseñado para una centena, pero la luz que penetra, el brillo animado del pueblo, acalla el rumor del temor, de la soledad y el desamparo. Bajamos. La estación superviviente nos recibe. La atravesamos y cruzamos la calle ancha que nos complace como una promesa de juego. Luego, la caminata bajo la luna creciente en un pueblo casi dormido, tan ajeno a Buenos Aires a pesar de estar tan cerca, traerá la parrilla y el vino, los besos y el descubrimiento en la memoria de un nuevo recuerdo, el nacimiento de una nueva nostalgia que, justo ahora que escribo y rememoro, invade mi corazón.

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