Tres versiones de Boris y una foto

El tren detrás siempre llendo hacia el futuro, la constante e inasible fugacidad que se escapa mientras se viaja hacia ningún lado, y que plantea la pregunta sin respuesta: ¿como nosotros, adultos, osamos -y podríamos- recuperar esa frescura en el rostro que fue nuestra en el pasado?… ¿es posible?… ¿vale como propósito elemental, como base del imparable devenir? Niños. Volver a ser niños. Jugar con la vida en un Lîla que es libertad de ser, sin objetivos ni neurosis, libertad tristemente opacada por la inevitable instrucción que nos ha preparado para el ejercicio de la producción y de las metas, no siempre tan reales ni plenas de significado. Volver a ser niños: me siento más real -e incongruente- luego de compartir un tiempo con ellos. Y nada me condiciona más y peor que la exigencia de mis pares, aquellos que, como yo, asfixian el aire en su necesidad de jerarquizar éxitos y derrotas. En un extremo, la clasificación del uno al diez; en el otro, el juego libre. Volver a ser niños es retornar, crear, fluir, trascender todo el problema… reir con toda la risa y llorar con todas las lágrimas. Vale la pena intentarlo. Uno se juega la vida, la verdadera vida en ello. Y nunca, aunque se amen y defiendan con uñas y dientes las inútiles doctrinas, hay significado. Ni lo habrá.

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