Cinco retratos en el bondi

Volvíamos de la muestra de la universidad Di Tella, en el 123; la obvia preocupación generada por la nosofobia o, por lo menos, por la hipocondría, que desde Woody Allen a esta parte se ha vuelto un poco más risible, o por lo menos mucho más leve en su programada e insoslayable tragedia. El rostro humano y la ventana, el peep show frente al recorrido recurrente, el circuito harto repetido que conecta los mismos puntos, las mismas pizzerías, los mismos restaurantes, los mismos helados, asientos, árboles, porciones, fritangas, baldosas, bocanadas, levedades, perros, paradas, moscateles, humillaciones, birras, durmientes, pensamientos como fotocopias… las mismas peleas, las mismas lágrimas, los mismos deseos-réplica insertados en la mente desde el dial de una radio AM o desde una TV-basura archipresente… y, por supuesto, desde la imagen cruel en el cartel, la propaganda manda cruel en el cartel, y en el fetiche de un afiche de papel se vende la ilusión. Y mientras se espera desesperadamente al camión de la basura, que a esta altura ya nos tiene de rehén, dan ganas de balearse en un rincón, porque nunca termina el camión de llevarse lo que sobra, lo que ocupa el espacio de los nuevos deseos, espacio desesperado por los deseos-ideales, deseos-proyectiles, deseos-droga que entre ácidas sonrisas esclavizan al que ve pasar la vida desde la ventanilla del bondi o del tren… los deseos-metralla ejecutando la oportunidad, la paz, la dignidad; deseos-virus… ponzoña insatisfecha entre risas-coca-cola por siempre jamás.

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