Chorrillos (2)

Luego de deambular durante horas entre puestos de comida, fernets y birras, grupos de folclore y copleras en éxtasis, nos acomodamos en una carpa, en donde unos músicos improvisaban con redoblante, acordeón a piano, saxo y bombo. Y llovieron las cervezas -sé que nosotros pagamos algunas… las otras corrieron por cuenta de vaya a saber quién-; y fueron pasando distintos personajes por nuestra mesa, algunos de los músicos y también amigos que se sentaban a brindar, reír y, porqué no, también llorar, todos ellos gozando de un estado de éxtasis beodo idéntico al nuestro. Y la música todo alrededor, y la conciencia del chaparral desértico a unos metros, y las lomas llenas de cardos bajo las estrellas, y fiesta, fiesta sin límites, ese tipo de fiesta que no se programa y que se improvisa en el disfrute del acto momentáneo, el eterno presente, la vida que se vive porque viva está y se disfruta porque un poco más allá está el fin y ya no hay tiempo para dejar de vivir y bailar y cantar y disfrutar de una mesa con amigos ignotos, amigos todo bondad y sencillez. Más tarde se armó el baile joven en uno de los salones, y ahí también fuimos a mover un poco el esqueleto… y a seguir brindando con amigos. Cerca del amanecer alguien nos llevó hasta Humahuaca, pero no estoy conciente de eso, sólo sé que llegamos. Y las últimas fotos son las de mi chica parada en el puente, justo antes de la salida del sol, y también de mi cara rota reflejada en el espejo del baño del apartamento, ya amanecido el nuevo día. Aún recuerdo hacer esas últimas dos fotos con la conciencia de haber vivido, esa noche en Chorrillos, algo trascendental. No tenemos los datos de aquellos que hicieron tanta música, ni de los que pasaron esa noche por nuestra mesa y por nuestro corazón, pero allí están, guardados dentro de un capullo pleno de chicha y de agradecimiento. Sé que nos volveremos a encontrar. Pero ya estoy hablando de magia otra vez…

Los comentarios están cerrados.