Seis amigos y el mar (2)

Cosa extraña la amistad. En un mundo en donde casi nada permanece fiel a su promesa, ella instala su carpa entre nosotros y no abandona su puesto ni bajo la amenaza de la más feroz tormenta. Y como sucede con todas las cosas que son buenas en esencia, mejora con los años hasta ese punto que llamamos de excelencia. Por eso la extrañeza de esa presencia que, inamovible, acaricia el alma de los pensamientos que de a topetazos se hunden en la nada, resulta medular en el devenir sin significado de la vida. Entonces, luego del primer asado -mediodía- salimos a buscar un espacio libre en donde descargar la furia, el fusil telescópico preparado, latas y macetas a modo de blanco y con personal proyección asesina. El cielo, gris, negro y frío, y la playa a lo lejos con la sangre de Cristo deambulando en el caudal sanguíneo a borbotones y cientos de disparos hasta dar en el centro. Más tarde, descargados, subimos nuevamente a la camioneta y pasamos por el mercado para comprar todo lo necesario para el segundo asado: mollejas, whisky, vino, y luego a casa, a prender el fuego sagrado y a seguir descorchando los tubos de tinto hasta que la conciencia pida pista y nos vayamos a dormir…

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