Acoso

Me llegó un pedido de amistad por facebook: -agregáme- decía
–me encanta como escribís… ¡sos un genio!
La agregué. Amanda Vittel, de Valledupar, Colombia. Ya la conocía: había leído todos los cuentos de mi blog y había comentado algunos. Era más joven que yo, casada, evangélica, tres hijos, todos varones. Un minuto después de agregarla apareció en el chat:
-¡Hola!
-Hola
-¡Gracias por agregarme!
-No es nada
-¡Sos un genio!
No contesté. Ella entonces escribió dos o tres mensajes seguidos, largos mensajes. Me contó que era casada, que Cristo era su salvador, que amaba la escritura, que hacía dieta, que escribía poesía, que tomaba pastillas para dormir, que su marido estaba en el negocio de la extracción de petróleo, que su hijo mayor estudiaba medicina en la universidad de Cartagena, que había conocido a García Márquez y a Juan Rulfo, que le gustaba la ropa de seda, que su hijo menor jugaba al fútbol, que odiaba a la gente que hablaba mucho y que quería que yo leyera sus poesías.
-No soy bueno para la poesía- le dije.
-¿No?
-No me gusta.
-Entonces tenés un problema- me contestó
-¿Si, cuál?
-No puede no gustarte la poesía.
-Bueno, pero no me gusta, me aburre.
-Eso es muy grave… ¡leé!, me ordenó, y pasó a transcribir una poesía, suya, una larga poesía. Escribía desde el celular, con muchos errores de tipeo:
“Amor, el amor.
Imaginho tu piels, tu piel junto a mi piel
Y las risasd
Te veo y sueñou con la poesía de thusd ojos color café…”
Ya le había dicho que no me gustaba la poesía, pero igualmente la leí completa, por respeto. Cuando terminó le escribí un lacónico “muy lindo”.
-¡¿En serio te gustó?!
Entonces subió otra. Y otra. Y otra. La mujer no paraba más de subir poesías en el chat:
“Busque tu sombrra entre los pinos verdehs
Te busqyue a vos, a vos, a voss,
¿sabes si hay muerte entré las olas dekl amior?
Te amo, mucho, yodo, con el cuerpo y con la piel y con Dios,
Que es amor”…
“Hay como pudo vivir sin la vivbración de tus sueños de oro,
Sin tu alighento, sin tus besos, sin las carricis de tus dedos
Voy a morir de ansjjmor, voy a vivier en tus sueños hasta que se sueñe ek últimop sueño”…
Era demasiado. Cerré el chat, sin decir “adiós”. Cerré facebook, también. Apagué la PC, me di una ducha fría y salí a caminar.
Regresé cuatro horas más tarde. Toqué el piano, y luego un poco la guitarra. Encendí la PC y abrí facebook: tenía veintiséis mensajes, todos eran de Amanda Vittel. El último decía: -¡hola!, ¡¿estás ahí?!, ¡¿me leíste?!
Leí. Me relataba su vida, la vida de sus padres, de sus hijos, de su marido. Me contaba que tenía una hija de un matrimonio anterior, con un tipo que ahora era travesti. Me detalló el devenir de sus compañeros de universidad y agregó que ella, afortunadamente, tenía mucho dinero; me habló también de sus amigos y de sus enemigos, de cómo bloqueaba a la gente que resultaba muy pesada… “quiero sólo conectarme con gente que me haga feliz”, escribió en uno de los mensajes. Puntualizó que estaba maravillada con mis cuentos, y que necesitaba que yo leyera sus poesías. Aún no había terminado de leer los veintiséis mensajes cuando apareció nuevamente en el chat:
-¿Dónde te metiste?
-Hola, me fui a caminar
-Si no querés hablar más conmigo podés eliminarme de tus amigos, o bloquearme, pero no me hagas esto.
-¿Qué no te haga qué?
-No contestarme cuando te escribo.
-Amanda, por favor… no estaba, salí a caminar ¿no entendés?, no estoy todo el día conectado a internet.
-¿A no? ¿no tenés señal en el celular?
-No uso celular
-Jaja, claro, ¡no te creo!
-Bueno, no me creas, pero es verdad.
-¡Si no querés hablar conmigo bloqueáme!
Desactivé el chat. La mujer estaba realmente trastornada. Sospeché que no tendría ni marido, ni hijos. Y que viviría en un psiquiátrico. Evidentemente podría llegar a ser peligrosa. Pero vivía en Colombia, y eso era muy lejos. Entonces la imaginé subiéndose a un avión, y tuve un escalofrío. Atracción fatal. El conejo hervido vivo.
Continué leyendo publicaciones, tratando de olvidar todo el asunto. Mientras tanto, los mensajes de Amanda se acumulaban en el contador como pulgas en el lomo de un perro. Publiqué una fotografía de Iggy Pop y de Blondie, abrazados, muy viejos y muy modernos. Al instante Amanda comentó la foto:
-Leéme, boludo.
No contesté, no abrí el chat, no leí. Amanda me etiquetó en otro comentario:
-Diego Alladio, boludo, me siento muy mal… ¡abrí el chat!
Abrí el chat, enojado.
-A mi no me maltrates así ¿qué te pasa?
-Perdón, perdón, ¡perdóon!, me siento muy mal, estoy llorando, me voy a divorciar de mi marido, él se va y me deja sola todo el día y quiero leerte ¡y vos también te vas!… ¡¿porque me pasa esto?! ¿ya no me querés leer?, ¡tengo más poesías!… y empezó a subir otra:
“La luna tiene tu rostros, ciego, mudo, solo
La luna muere de vicio sin bos, la luna, muere.
Te amo, amigo desconocido, te adrodo, te adoro más que al sol, el amor, es el ahmor”
Cerré el chat, alarmado. Ella me seguía en el blog hacía meses. Leía mis cuentos, veía mis fotos, seguramente ya sabía más de mi vida que mis propios amigos. Y podría ubicarme fácilmente. Era mi primera fan, mi fan número uno, más que mi vieja, más que mi hermana y que mi esposa, y sin embargo yo ya no quería más, no la aguantaba más… pensé en John Lennon ¿cómo hacen tipos como él, tan famosos, para sobrevivir a millones de fans?, por eso sufren mal humor y son tan evasivos. Están repodridos de sus fans, asqueados. Asustado, recordé que Lennon no sobrevivió a Mark Chapman, su fan asesino… dos tiros en el pecho bastaron para terminar con la vida de John, dos tiros decepcionados porque su ídolo era millonario… ¿y cómo no iba a ser millonario John Lennon? ¡era un Beatle!.
Abrí el chat, ella seguía allí, escribiendo sin parar, escribiendo toda su triste verborragia sin siquiera saber si era leída. Le escribí:
-Amanda.
-¡Hola!
-Si me seguís acosando te voy a bloquear.
-No, por favor, no me bloquees!
-Bueno, pero no puedo recibir quinientos mensajes tuyos por hora, no puedo leerlos, no tengo tiempo ni para eso ni para estar pegado hora tras hora en la PC.
-¡Estás enojado!… ¡noo!, ¡perdón!
-Sí, estoy enojado.
-¡Perdón!, ¡perdóname por favor!, es que me siento mal, muy mal, estoy muy decepcionada, triste, sola, amargada, llorando, no puedo dormir, no me puedo despertar, perdonáme, noo, por favor, por…
-¡Basta, Amanda!, ¡dame un respiro!
-Bueno, ok.
Y desapareció. Una hora, dos, tres, cuatro. Amanda no estaba en el chat, no publicaba nada en su muro, ni subía sus poesías, ni nada. Pasaron los días, y nada. Respiré. Al quinto día, que era domingo, me desperté temprano, me preparé unos mates, encendí la PC y abrí el facebook. Tenía cuarenta notificaciones, treinta y seis eran de Amanda: había subido treinta y seis poesías y me había etiquetado en todas. Y la etiqueta era así: “Diego Alladio, leéme, boludo”
No leí. Como Dave Bowman dirigiéndose inexorablemente hacia la desconexión cerebral de Hal 9000, me dirigí hacia el muro de Amanda. Abrí los controles de amistad, seleccioné “bloquear” e hice el click. Facebook, entonces, me preguntó: “¿estás seguro que quieres bloquear a Amanda Vittel?, si así lo haces Amanda ya no podrá ver lo que has publicado en tu biografía, no podrá etiquetarte, ni invitarte a eventos o grupos, ni iniciar una conversación contigo, ni añadirte como amigo”
Estoy seguro, facebook… ¡click!: bloqueada, silenciada, amordazada, enmudecida, omitida, oculta y olvidada; listo, chau, sosiego, calma, paz, reposo y libertad.
Pasó una semana. El domingo siguiente cenamos unas pizzas y luego vimos un film. Más tarde leímos acostados en la cama y finalmente nos dormimos pasadas las dos de la mañana.
A las tres y media de la madrugada sonó el timbre: una, dos tres veces. La cuarta vez fue tan prolongado que salté de la cama con el pensamiento enloquecido; pensé en mis viejos, en mi hermana, en mi sugra y mis sobrinas y sobrinos. Mi mujer, alarmada, me preguntó:
-¿Quién será?, ¿habrá pasado algo malo?
-No sé, le dije mientras me calzaba velozmente el pantalón, -voy a ver.
Salí al jardín y entré en el garage, y mientras caminaba hasta la mirilla pregunté con alta voz: -¿quién es?
Detrás de la mirilla, Amanda, sus ojos clavados en el pequeño ojo de pez, me contestó con una voz de hielo y de acero:
-Soy yo, cerdo, Amanda Vittel… ¡abríme, hijo de puta!

conejo

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