El octavo pasajero

Intentar establecer en la vida diaria un paralelo con monstruos que salen del pecho y arañas de cola larga y carne color ámbar, con ácido como sangre y la fuerza de seis víboras de pitón, es una falacia tan pueril como la de mezclar aspirinas con coca. En la vida diaria, otros enemigos; no menos peligrosos en cuestiones de supervivencia, pero sí bastante más aburridos. Pasados los cuarenta años, los libros y las pelis se repiten hasta el hartazgo, y la búsqueda del propio arte se transforma en motor, en propósito, en necesidad elemental. Y las palabras, el sonido y las imágenes brotan como ese alienígena, sin permiso, pero con mucha más dulzura, y con un temor que es casi como el sistema operativo: un programa instalado desde los tiempos de Abraham, de Noé, antediluviano. Crear, entonces, es subir por los peldaños de la escalera de Jacob, puños cerrados y rumbo a ese Dios enemigo que hasta llega a rendirse en la pelea, pero sin tanta palabrería escrita ni demasiada virtud… justamente como Jacob, mientras se enriquece separando sus ovejas manchadas. Y se necesitan mujeres. Ellen Ripleys, que, lanzallamas en mano, quemen para siempre el mundo-macho, el patético y cobarde conjunto de instrucciones escritas e impuestas por la fuerza para el logro de la felicidad. Aquí nunca bichos ni efectos especiales, tan sólo embriones psíquicos que empujan por salir y ver la luz. Pero en ese universo, en donde la gama es la del azul y la del color del acero, la nave comercial U.S.C.S.S. Nostromo, de regreso a la Tierra, cargada con veinte millones de toneladas de mena, recibe el mensaje: socorro-alerta-socorro-alerta… ¿socorro?… ¿alerta?… Madre los despierta y descubren que navegan por el sistema extrasolar Zeta II Reticuli, muy pero muy lejos de casa aún. Confunden el “alerta” con el “socorro” y descienden en el planeta anillado y desconocido siguiendo la señal de radiofaro. Y encuentran una nave con un sólo tripulante, gigantesco, muerto, el pecho reventado desde dentro, petrificado en su silencio de timón estelar. Y encuentran huevos. Cientos de ellos en estado de alerta, espectantes como cajas de horror. Un androide los traiciona, los desprecia hasta la locura. El androide como un macho ejemplar, con su amor por las armas. Y bueno, lo de siempre: el socorro y la condena, el gato y el ratón, el parásito dentro, la inexorabilidad de toda la situación. El monstruo se escapa, comienza la persecución y todos van cayendo en su boca triple, peneana, obscena de tan violenta. Caen en sus garras como tristes y levísimas crisálidas snuff de carne muy frágil y sangre muy roja, menos Ripley. Y por supuesto Jones, el gato. Y Ripley, cual Judith en el extremo, llega hasta el desnudo, el strip tease en lo profundo del espacio y frente al invasor, frente al parásito, frente al indiscutible e inabordable macho alfa. Pero en fin, esta es la primera… luego uno va creciendo y llueven las secuelas. El director de la inicial es Ridley Scott, y el de la siguiente, James Cameron. El diseño del octavo pasajero es de H. R. Giger, otra especie de mostruo, pero de estas latitudes: humano, Suizo, artista, genio del horror. Imperdible el origen y la razón productiva de los huevos que contienen las arañas que depositan los embriones dentro del esófago humano; para enterarse de este repugnante mecanismo de reproducción hay que ver la segunda parte.

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