Hospital

Tengo el turno acordado con el laboratorio a las 7:30, llego a las 6:50 y ya tengo delante una cola de cincuenta metros. Jóvenes cansados, viejos en sillas de rueda, ancianas de mirada extraviada implorando por un mínimo de conducción hacia donde sea mientras sea y no deje de ser; muletas descascaradas con hombres trepados encima, muletas meadas y hombres meados con un fuerte vaho miserable, camillas desvencijadas con sus ruedas de cáñamo deshilachado, ruedas grises y aburridas girando hacia ningún lado; gatos gordos y castrados siempre ausentes, enfermeras vestidas de azul traful caminando por los pasillos atestados de humanidades asustadas por la seguridad de haber perdido la paciencia entre jeringas y chorreadas especulares. Pienso que a mis veinte años no miraba todo este zoológico como lo veo hoy a mis cuarenta y dos, y eso a pesar de que mamá siempre me repite que soy un pibe. Porque las madres son así, mamá y el bebé. Mi hijo el bebé. Sí, ma, un bebé de cuarenta y dos, un error desnaturalizado, un vicio con patas peladas, un pretendiente a la ancianidad, a la amarga tierra de la decrepitud corporal, un candidato al mausoleo, un boleto directo a la tumba sin escalas y en first class. Justo enfrente un tipo se arrastra sobre el cuero negro de la silla rodada, sufre, acaban de amputarle una pierna. A mi lado una señora recibe el diagnóstico y llora, cierra los ojos, se tambalea… la agarro del brazo antes que se desplome y la siento en una banqueta ocupada por una parejita que vuela frente a la aparición. Y se queda allí, llorando su amargura e inspirando profundas bocanadas de dolor. No parece muy vieja, la pobre, poco más de cincuenta. Tal vez leyó “carcinoma”, o “lupus”, o “hiv +”… tal vez sea el resultado de su hija, o de su marido, o de su hermana, o de su novia. Me faltan diez para los cincuenta, para ese cadalzo personal, bodas de oro, más bien ocho, me falta todo para entender, me falta creer, me falta bajar siete kilos, me falta dinero, tengo hambre pero aún no me pinchan las ayunas de las doce horas; píncheme, señora enfermera, píncheme la vena que me quiero comer un pancho acá la vuelta para poder contrarrestar la pérdida del alma vital, píncheme de una vez, la reputa madre, que estoy acá leyendo este libro de mierda desde las seis de la mañana, píncheme, me lo merezco porque me falta algo en el estómago y si usted me drena la vena con esa delgada punzada hueca de acero quirúrgico yo me voy a comer una salchicha berreta con salsa berreta de queso azul berreta y ya está, porque me faltan medias nuevas y una nueva habitación, me falta pintar la casa antes que llegue el verano y el calor y las chicharras y la parca de mierda, porque me faltan cero años para enterarme que me voy full time, cero años, chau, píncheme, porque si nos veremos o no nos veremos en el más allá nadie lo sabrá, un gusto, enfermera, tengo hambre, loca azulada, nazi pinchona, feliz navidad, y, por favor, pásenme la Uzi, todos ustedes que hacen la cola para depositar las heces experimentales, pásenme la Uzi y la bolsa con los cargadores atestados de proyectiles relucientes, déjenme hacer una pequeña contribución al mundo, un pequeño estrago altamente necesario antes de morir, permítanme exterminarlos mansamente en nombre del amor hemofílico y del carcinoma anal.
En fin, me llamaron y me pincharon y me dejaron ir, pero debo regresar. Siempre me escapé de los medicos y del hospital, pero esta vez me atraparon. La próxima, el veredicto. Y no se para qué, si al final todo se arregla con cuatro tablas.
Salgo a la calle y hace un frío de los mil demonios, pero hay un par de rubias taradas en la plaza practicando gim con su personal trainer. Y hay perros mañaneros cagando por todos lados, perros como ratas-insectos derramando sus pequeñas cagaditas de departamento acéptico. Ellos están bien, por lo menos no sufren del experimento de la conciencia, y aunque también viven en un mundo de mierda, no se enteran. Como fumar porro, pero sin semillas ni sol ni tierra ni agua ni flores ni humo ni nada. Perros cagando y rubias molotov haciendo reiki. El infierno frente a mis ojos, el infierno fuera, el infierno dentro, conectado en millones de sinapsis desesperadas. El infierno y la conciencia. La conciencia es el infierno. No me jodan.

hemato

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