Un mensaje desde las estrellas

El hambre la despertó muy temprano o, tal vez, el olor rancio de las sábanas. Salió de la cama, puso la pava en el fuego y adivinó entre penumbras un cielo plomizo de garúa gris.
Vivía sola en Balvanera, casi dos años viviendo en esa tierra con fama de burdeles y de machotes guapos; sus mejores amigos eran los gatos atorrantes que le hablaban sin más y las sombras espesas en donde podía desaparecer en un instante; no era mujer de temer, pero el dolor de panza por el hambre y los hombres de azul y gorra la privaban del coraje. Esa mañana hacía frío a pesar del fin de octubre, y el agua helada de la ducha la estremeció como una descarga de corriente transparente.
Cuando más tarde desayunó un té caliente y un pedazo de pan con chicharrón, el sabor de la grasa la transportó a su bella Potosí natal… ensoñó la plaza de la catedral enjoyada con los miles de colores de la navidad; caminó las callecitas austeras en una mañana de api morado y de kalapurka naranja mientras miraba pasar a los mineros rumbo al corazón caliente de los cerros… siempre tan bella y tan pobre su amada Potosí en el recuerdo, con ese destino aburrido y trágico de saqueo infinito.
Más tarde se calzó un jean ajustado arriba de la ropa interior color rosa, y una camisa de seda marrón a medio abotonar dejó asomar sus abundantes tetas morenas de sangre precolombina. Apagó la lamparita
-las ventanas de la pensión eran encadenados ojos ciegos que nunca veían la calle- y salió a trabajar.
Ya a las diez de la mañana estaba parada en Catamarca y Moreno, viendo pasar su futuro incierto muy escondido en los bolsillos de gabardina gris de los tipos de paso. La escena era siempre la misma: los bondis atestados de carne blanca y malhumor; los pibes del colegio atolondrados entre risas y puteadas; las panaderías arrojando como un anzuelo el aroma al trigo horneado y a la crema pastelera… y siempre esa espera que era una espera triste de supervivencia.
El primer cliente llegó a eso de las once… un tipo muy morocho, cuarentón y grueso le preguntó si quería coger -el modo y el término la malhumoró-, pero igual aceptó y arreglaron el precio. Buscaron un telo, entraron y lo hicieron muy rápido: aparte de los treinta pesos en la cartera el tipo le dejó el espinazo dolorido y un indeleble mal aliento que la persiguió hasta que se fue el sol.
Nadie más apareció esa mañana. Al mediodía almorzó un plato de fideos con estofado en el “San Jorge” de La Rioja y Agrelo, y miró el noticiero en la televisión: una invasión de ratones en San Carlos de Bariloche, el fútbol de rigor y la estupidez de la violencia al pedo, la mentirosa política y los números dibujados hasta el ridículo… y las otras putas, las putas de calendario, tan putas como ella, pero vendiendo el culo frente a las cámaras por mucho más que treinta pesos…
Regresó a su esquina y esperó a esa pequeña suerte que era una constante en su vida, esperó bajo un toldo todo agujereado y al amparo de la borrasca finita que esa pequeña suerte le sonriera, o que la lastimara esa suerte, o que la empujara esa suerte, que la decidiera a moverse de algún modo, porque ese presente estaba tan estático y vacío que se asemejaba, creía, mucho más a la muerte que a la vida. O peor aún, a la muerte en vida.
Siguió esperando y los segundos se fueron volvieron minutos, los minutos se fueron volviendo horas, y las horas pasaron y esperó y esperó en un silencio febril de pensamiento, y mientras seguía esperando las nubes fueron raleando y el sol se volvió plateado como la luna, y la estrella de la tarde brilló en el oeste como un fuego sagrado, y apareció el cinturón de Orión en el cenit, y en las Tres Marías su mirada sola y triste se encontró sin querer con la antigua mirada de su madre indígena que justo en ese momento miraba brillar las Tres Marías sobre el cielo nocturno de Bolivia. Y algo pasó, algún mensaje le llegó desde las estrellas, porque una semana más tarde se subió a un micro rumbo a La Paz, y desde La Paz a otro que la llevó hasta Tiwanaku, y en Tiwanaku bajó y caminó muy despacito por calles de tierra llenas del aroma a tierra y a los frutos de esa tierra, y disfrutó ese aroma hasta llegar al rancho de su madre, feliz de haber fracasado en ese moderno Buenos Aires al que nunca regresaría, feliz de su pobreza de piso de tierra y de gallinas caminantes y de choclos amarillos, feliz de su rotundo fracaso y de esa pequeña suerte que finalmente le sonrió y que la llevó de la mano a recuperar su dignidad.

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