Cristo en la vereda

Sucedió hace unos años, 1999 o 2000. Yo estaba dejando atrás, con mucho esfuerzo, una severa adicción a las drogas, y aún transitaba un estado de duelo por la muerte de mi esposa y de mi hija. Estuve sintiéndome todo el día mortalmente angustiado, desesperado por escapar de algún modo. Por entonces solía encerrarme a tocar el piano, tomar mates y rezar. Encendía un carbón, quemaba mirra e incienso, y mientras dejaba arder una vela, salmodiaba. Y lloraba. Nunca lloré tanto y tan extenso como en esos años. Simplemente fue liberador. Mis salmos preferidos eran el veintitrés, el treinta y nueve, el cincuenta y uno y el noventa y uno. Humillación y entrega. Casi diariamente, a media tarde, lo dejaba todo para asistir a misa de seis, en San Jose Obrero. Luego del oficio religioso regresaba renovado, con la certeza de haber ganado una nueva batalla contra la muerte.
Pero esa tarde rompí la rutina, pasé de la misa y repentinamente, pasadas las seis y media, me acogotó la desesperanza. La urgencia de droga, tan difícil de soslayar, atenazándome el cerebro con su exigencia. Salí entonces a la calle y caminé al azar. Álzaga, Belgrano, Hornos, vías del San Martín. En Bonifacini doblé a la derecha y entonces recordé la capilla “Sagrado Corazón de Jesús”, en Bonifacini y San José. Unas semanas atrás había visto misa ahí, y consideré pedir ayuda espiritual al cura párroco, franciscano él.
Cuando llegué a la puerta del templo ya era de noche. La reja estaba cerrada. A un metro un cartel decía: “Se atiende de nueve de la mañana a siete de la tarde”. Miré el reloj: eran siete y cuarto. Vi una luz en el fondo de las dependencias parroquiales y dos personas que fumaban entre las sombras del patio. Golpee las manos, dos veces. Una de esas personas se acercó.
-¿Si?, ¿qué necesita?
-Buenas noches, necesito ver al cura párroco.
-Un momento.
La persona volvió sobre sus pasos y entró en las dependencias. A los dos minutos salió el cura, vestido “de civil”. Se acercó a la reja, pero guardó una respetuosa distancia de seis o siete metros, y desde ahí, con el ceño fruncido y fuerte voz me preguntó:
-¿Qué pasa, señor, que busca?
Me sentí intimidado. Percibí enojo y sospecha en el tono de su voz. Pero de yo ya estaba ahí, frente al “vicario de Cristo”, y no abandonaría la fe en Su promesa… no dejaría de golpear la puerta del Señor hasta que Éste me abriera.
-Buenas noches, disculpe la molestia, pero estoy desesperado. Tengo un problema muy grave y necesito una palabra de aliento, ayuda espiritual.
El sacerdote se quedó en silencio, mirándome con incredulidad. Luego avanzó dos pasos, señaló el cartel y vociferó:
-¡Ahí dice que se atiende de nueve de la mañana a siete de la tarde!
Al principio no entendí. O no quise. Luego fui aceptando, segundo tras segundo, que el tipo me estaba despachando con las manos vacías. Traté de imaginarme a Jesús haciendo lo mismo, pero no pude. Traté de imaginarme a San Francisco haciendo lo mismo, tampoco pude. Temblando mi voz por la indignación, lo increpé:
-¿Usted es el cura párroco?
Yo sabía que lo era, simplemente trataba de decirle que actuaba como un impostor, como un simulacro. Astuto, no respondió a mi pregunta, aunque vi claramente en su cuerpo que ya se sentía confundido. Continué:
-¿Usted se puede imaginar a Jesús respondiendo a las necesidades de la gente con esa respuesta?… ¿y a San Francisco?… es una vergüenza, porque la gente se escapa de la iglesia y de Dios por personas como usted. Yo, en este instante, me quedo en la vereda, y a mi lado me acompaña el Señor, compartiendo mi sufrimiento desde su Cruz. Pero usted… ¿con quién se queda?
Me di vuelta y me fui, caminando hacia avenida San Martín. Caminé diez metros, bajé la mirada y me encontré con la cruz. Una cruz sencilla, de madera. La levanté del piso y mientras la observaba, azorado, su Palabra, como una inundación, llegó directa y certera hasta mi atormentado corazón:
-¿Porqué me buscás en los otros?… yo estoy siempre con vos, en la alegría y en la prueba, y te amo, y nada te va a separar de mi amor.
Inundado de paz, regrese caminando a casa. Llegué, entré, me preparé unas frutas con yogurth, abrí el piano y me puse a teclear ejercicios de Czerny, el “minué en re menor” de Bach, la “Danza de las Sílfides” de Grieg y el “Microcosmos” de Bela Bartók. Más tarde me di una ducha, me lavé los dientes, me metí en la cama y leí un rato la Biblia hasta que me dormí.

Cristo en la vereda

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