Un Dios hecho a medida

Decidió dejar que le crezcan los pelos libremente, algún día debería empezar a comportarse como un hombre.
Pero entonces apareció Asa Akira en la PC, con su estrecha vulvita perfectamente depilada, enfundada en cueros y tacones rojos, tan licenciosa… esa película en donde tres tipos con enormes vergas la penetran furiosamente por todos los agujeros hasta lograr dejarla afónica y rellena de leche.
Un cimbronazo. Y casi al mismo tiempo llegaron las pizzas, las empanadas de carne picante, los bifes de chorizo… y galones y galones de vino tinto y galones y galones de cerveza negra y galones y galones de moscato helado.
Y porro… un verdadero peligro.
Preocupado, se preguntó si Dios realmente detestará a las maricas. Claro que Dios no le respondió exactamente eso… ni siquiera supo lo que pensó el creador cuando se sentó a rezar travestido, la minifalda blanca muy cortita, la remerita color sol y los altísimos tacones azules de cuero, como una piadosa putita argentina.
-¿Seré juzgado?- se preguntó, -¿o seré juzgada?… ¿será mi destino perderme, extraviarme, condenarme, terminar como una mariquita del diablo deambulando por el país del caos por toda la eternidad?
No hubo respuesta.
Sin embargo le gustaba Akira. Le gustaba, justamente, por cómo lo hacía, así, tan pero tan sucio.
Y no lograba congeniarlo con la fe, un ser humano es tantas cosas…
Ansiaba integrar todo lo que era y lo que había sido con todo lo que sentía, sin doblez, en un estado de total libertad y de fe idealista. Claro que, eso, era un Dios hecho a su medida, como le dijo su amiga protestante no sin cierta condena. Y él sabía que el juicio y la condena era la regla en este mundo.
Y el Dios oficial, un militar, picana en mano.
Su mujer, en cambio, lo aprobaba. Le gustaba llegar a casa y encontrarlo cocinando o fregando los pisos subido arriba de sus tacones amarillos. Y él estaba convencido que, de ser mujer, sería lesbiana, y su mujer, su mujer.
No era puto, era otup.
Elucubró y elucubró hora tras hora, día tras día, mes tras mes, año tras año, desde la temprana adolescencia hasta la informe adultez.
Finalmente tuvo un vislumbre, un samadhi, y al fin cambió de opinión.
-Al carajo- se dijo, -voy a depilarme otra vez.

Un Dios hecho a medida 1

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