Amor a los golpes

La conocí mientras cursaba el CBC en Ciudad Universitaria. Karina. Morocha, pelo negro, piel muy blanca, labios rojos y anchos. Siempre bien vestida, maquillada como una muñeca, los zapatos de tacón muy brillantes, ordenada hasta el mínimo detalle. Se destacaba del resto de mis compañeras porque hablaba con una suficiencia arrogante que le quedaba bárbaro, pero que las otras pibas detestaban. Miraba todo, y a todos, desde un poco más arriba. Y tenía un par de ojazos negros que, cuando me enfocaban, me hacían temblar.
Tenía un novio, Sergio. Aseguraba amarlo, pero le era infiel hasta por puro aburrimiento. Andaba con varios tipos: Axel, abogado, casado y con dos hijos; Toti, mecánico; Iván, remisero. Y había otros, menos recurrentes. Por eso, cuando me conoció, enseguida quiso llevarme al mueble, pero la soslayé sin ningún disimulo… yo tenía una novia, Mariana, y le era fiel.
Lejos de ofenderse, mi negativa la llenó de un extraño deleite. No entendía cómo no entraba bajo su pollera con la misma facilidad que entraban todos los demás. Me convirtió en su compañero favorito. Todo el tiempo me seducía, era una buscona irremediable. Nos sentábamos juntos y trabajábamos en los mismos trabajos prácticos. En los recreos nos escapábamos a la cafetería del pabellón dos, que siempre estaba desierta. Habitualmente regresábamos tarde al segundo segmento de la clase. Algunas veces ni siquiera regresábamos…
Pasó el tiempo. Separados del resto, salíamos de la universidad y la alcanzaba hasta su casa con el auto. O nos metíamos en un café. O caminábamos hasta el río, nos sentábamos en la playa y nos quedábamos ahí, yo fumando y ella viéndome fumar, contando las estrellas, hablando de cualquier cosa hasta que llegaba el sueño o hasta que aclaraba el nuevo día.
Más tarde empezamos a encontrarnos fuera del contexto universitario. Una noche fuimos a Luján. Después de la cena giramos con el auto y me pidió que estacionara en un lugar oscuro. Encontramos uno en el perímetro de la plaza. Al rato, mientras hablábamos de cualquier cosa, se levantó la minifalda, me mostró el culo y me dijo:
-Me gustaría que me lo hagas ahora, acá en el auto.
Y meneaba los glúteos blancos frente a mi cara mientras me sonreía con un descaro a prueba de balas.
-Gracias, Kari, pero no voy a hacerlo.
-Por atrás.
-Por favor, no insistas.
-¿Sabes porqué quiero que me lo hagas por atrás?- preguntó ignorando mi negativa.
-No
-Porque antes de salir de casa Sergio me lo hizo por ahí, y siento los intestinos lubricados con su semen, y eso me mantiene recaliente.
-Ah… claro… entiendo. Vos querés que yo te la meta en el mismo lugar que hace un rato te la metió ese pobre ciervo, que eyacule donde él eyaculó, y que contribuya, como un eunuco, a superar tus ya muy altos niveles de excitación perversa.
-No seas puto.
-Y vos no seas asquerosa.
– Bueno, ya estás aprendiendo algo… ¿todavía no entendiste que soy una pervertida?
-¿Pervertida?, puede ser… de todos modos no creo que sea para tanto…
Otra tarde tomábamos un café en Modern Saloon, Cabildo y Echeverría. Karina me detallaba las instancias de un encuentro sexual con un nuevo amante. Hablaba de los fluídos derramados con la misma naturalidad con la que comentaba las noticias que había visto al mediodía en la televisión. Entonces le pregunté:
-¿No pensás en Sergio cuando lo estás cagando?
-Yo no estoy cagando a nadie.
-Estás garchando con otro.
-Eso sí.
-¿No te da culpa engañarlo?
-Es verdad que lo engaño, pero no lo cago. Él sabe que hay cosas que me gustan que me hagan y que no encuentro en él, así que las busco en otra parte. Y no siento culpa, no. La verdad es que no sé lo que es la culpa. Nunca la sentí, te lo juro…
Pasaron el otoño y el invierno, y finalizando la primavera Mariana me dejó. Alegó ya no soportar mis amistades femeninas, especialmente a Karina. La detestaba. Llorando desconsoladamente, me acusó de haberla descuidado, de desear a mi compañera de curso más que a ella, de no estar nunca… o de estar, pero ausente. Inútil fue mi defensa. Finalmente se marchó, para siempre.
La semana siguiente, mientras subíamos por las escaleras del pabellón tres, le conté a Karina, como al pasar. Se detuvo en seco, me clavó sus ojazos negros y me dijo:
-Bueno… ahora ya estás un poquito más libre ¿no?
No entramos a clase. Ni siquiera llegamos al final de la escalera. Media hora más tarde entrábamos en el telo de Monroe y Figueroa Alcorta.
Ya adentro nos desnudamos y trepamos a la cama. Me acerqué a su cuerpo e intenté tocarla, pero se hizo a un lado, riendo. Encaré de nuevo, la rodee con el brazo por la cintura y busqué su boca, pero, arqueándose como una anguila, evitó el beso. Parecía un músculo, tensa como un abductor muy bien trabajado, pero no eran nervios… jugaba, en realidad, jugaba conmigo como con un juguete, como con un pequeño peluche… ya me tenía, ya me había metido, como a todos, debajo de su pollera. Me pregunté qué particularidad buscaría en mí que no encontraba en los otros…
Me vio perder interés y se acostó boca arriba. Abrió las piernas. No perdí el tiempo, me subí, la penetré y empecé a trabajar… dentro, fuera, dentro, fuera, como un gancho, dentro, fuera, girar, entrar más despacio, cambiar la velocidad… pero algo no funcionaba, no había conexión… ella parecía no estar, o sí, estaba, pero ausente, peor… estaba muerta. Entonces, súbitamente, me mordió: con la velocidad de un ofidio, se arqueó hasta mi cuello y masticó, duro, muy duro. Demasiado duro.
-¿Qué hacés?- la increpé, mientras empezaba a entender que esa relación sexual no sería como en mis fantasías…
-Quiero que me pegues- me dijo, -pegáme, fuerte, con la mano abierta, cogéme sin parar y pegáme en la cara- me pidió.
-Estás loca.
-Bueno, estoy loca… ahora ¡pegáme!- me ordenó.
-No.
-¿No?
-¡No!-, grité.
Me atacó de nuevo. Esta vez mordió en el hombro. Creí haber perdido un pedazo. Miré: sangre. Me enfurecí. Como una pinza, ahogándola, le apreté el cuello con la mano izquierda y la empujé violentamente contra el colchón.
-No me muerdas más, hija de puta, porque te voy a dar la paliza de tu vida.
Le cambiaron los ojos… esas palabras, palabras mágicas. Ella empezaba a aparecer. Entonces entendí que había un solo camino que la llevaría a la satisfacción.
-Te voy a moler a palos- dije.
-¿Y qué esperás, idiota?
Saltó nuevamente al cuello. Como un vampiro. Mordió, descontrolada. Había sangre en las sábanas, entre sus tetas, en la comisura de sus labios y entre sus dientes, mi sangre…
La penetré con violencia, la castigué con furia. Le di lo que quería, miembro y golpes, ¡PAF!, ¡PAF!, ¡PAF!, ella gimió in crescendo, ¡PAF!, aumenté las arremetidas y la intensidad de la violencia, ¡PAF!, ¡PAF!, PAF!, ella gimió más fuerte aún, ¡PAF!, ¡PAF!, ¡PAF!, sangre y semen, parecía un asesinato, ¡PAFF! otro cachetazo, ¡PAF!, otro gemido… (¿qué estoy haciendo?)… ¡PAF!, la cara roja, ¡PAF!, la insulté, -¡TE VOY A MATAR, PUTA!, ¡TE VOY A MOLER A PALOS HIJA DE PUTA!-, ¡PAF!, ella empezó a chillar… (¡Dios mío!… ¡QUÉ ESTOY HACIENDO!)… ¡PAF!, más miembro, más violencia, ¡PAF!, ella lanzó otro chillido, ¡¡PAFF!!, otro golpe más duro, ¡¡PAFF!!, chilló y chilló como una bestia, ¡¡PAAFF!!, -los golpes más duros de mi vida se los día ella-, ¡¡¡PAAFF!!! los ojos le giraron hacia dentro de su cerebro y se le fueron al blanco, ¡¡¡PAAAFFF!!!, ¡y entonces ELLA AULLÓ!: ¡¡¡uuuuUUUUAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAUUUUUUUUUUUUUUUuuu!!… bestial, apoteósico… debió escucharse hasta en las tranquilas costas uruguayas…
Se desarmó, aún convulsa. Las piernas abiertas, los brazos como un muñeco, la cara magullada, la sangre… parecía estar entrando en su último estertor. Pero la sangre era mía. Luego cerró los ojos y se fue quedando muy quieta. Como un cadáver.
Yo no acabé. Imposible. Sentía un asco infinito. Y náuseas. Gravemente perturbado, procesaba las múltiples alarmas que chillaron en mi cerebro con lo que acababa de suceder… ¡ESE PODER!… ¡DIOOS!
No lo quería. Ese poder era un embrujo, cicuta. Era una escalera que bajaba hasta la muerte; una espiral descendente que se hundía muy pero muy abajo, hasta la más viciosa, placentera, desolada, poderosa, helada y solitaria fosa abisal.
Entré al baño y me vi en el espejo: dientes. Sus dientes perfectos impresos en mi carne. Me duché, me lavé las heridas, me vestí. Ella fue regresando lentamente a la vida. Cuando salió de la cama, yo ya estaba esperando de pié y con las llaves del auto en la mano. Mientras caminaba hacia el baño, hecha un despojo, me miró, y sonriendo me dijo:
-Gracias-.
-Moríte- le contesté.
Más tarde salió del baño, nos subimos al auto, pagué el hotel y la llevé hasta su casa. Cuando bajó me dijo –Chau-. No contesté. Arranqué sin esperar a que metiera las llaves en la cerradura.
No volví a la universidad.
No la llamé por teléfono.
No la vi nunca más.

Amor a los golpes

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