El manual privado

Como un vendaval llegan los problemas, aunque sean invisibles como el aire.
Entran por los oídos, o por la mirada, por el gusto o por la piel… o simplemente se generan ahí, en ese humus recóndito y absolutamente privado que llamamos mente, pensamiento, elucubración, infatigable motor, cancerbero ideológico, sede de todas las presiones culposas y cuna de los terribles empujones que propinan los deberes y los ahorques de los miedos; oscuro centro en donde primero se olvidan los derechos, que los tenemos, porque más allá de ser hijos, hermanos, tíos, amantes, o sobrinos, somos seres de libertad. Y nos la merecemos, toda.
Cada vez que intento ser santo, me hundo… como si serlo fuese algo desnaturalizado, pretencioso, arrogante. Entonces pienso -¿el placer?… -¿el gozo?… -¿acaso la dicha no consistirá en ser, no perfecto sino total?…
Preguntas sin respuesta. Enigmas en la oscuridad. Nacemos sin manual, y cada uno escribe el suyo. Y siempre olvido que el mío reza:
“Instrucciones para alcanzar la dicha siendo total”
Ser total, aceptarlo todo. Gozar con lo que se tiene y no se tiene. Sufrir a manos llenas, llorar de pena, de risa, de dolor. Aceptar la vida y la muerte, las caries, las ausencias, irremediables ausencias… gozarlas, sí, gozar de las ausencias. Y salir a enfrentar, lo que sea… el sol, las calles, la brisa, los chorros, el ruido, los besos, el siempre irrepetible atardecer. La vida inasible. Aceptarla. Aceptar el fracaso, aceptar la condena, aceptar el éxito, también, y el pecado, y el puto aburrimiento. Y el cuerpo que, día a día, se vuelve polvo.
Quedan las fotos, pero no para siempre…
Sólo un ratito más.

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