Camino al bosque de arrayanes

Desde Bariloche se llega en barco. Desde Villa la Angostura, caminando unos trece kilómetros desde bahía La Brava. Yo lo hice, por primera vez, en 1993. La última, en enero de este año, 2015. La diferencia es notable: recuerdo, en aquel entonces, estar caminando por un senderito de apenas medio metro de ancho, tapizado de frutillas, rodeado de silencio, cruzando a otro ser humano cada dos horas, sintiendo detenerse el motor del pensamiento entre tanta virginidad vegetal. En 2015 el senderito se transformó en una bicipista de casi cuatro metros de ancho, ya no hay frutillas, pero hay puchos y papeles y bolsitas de nylon entre las zarzas… y hay ruidos -a piñones, a cadenas, a ¡guarrdaaa!, a risotadas, a botellas destapadas de cerveza, a cientos de miles de “clicks” de cámaras de foto por segundo, a puteadas y maldiciones porque la bici no funciona, o porque se caga el pibe, o porque te llevaron por delante en una terrible bajada a sesenta kilómetros por hora y te asoman las costillas en tu personal, idiota y multitudinaria fractura expuesta-…
Eso le hace la modernidad al mundo. Lo conecta. Te podés ir al polo sur y pretender cualquier cosa, menos soledad. Igualmente no me quejo, la pasamos bomba, especialmente porque ya ese día estábamos parando en lo de Gus y Emi y al otro día zarparíamos para el Brazo Machete… y ahí si: SOLEDAD, SILENCIO, AMIGOS, SOLOS.
Pero esa instancia, en este blog, será más adelante, si es que sigue el torrente sanguíneo con su caudal hemoglobínico y la bomba meta bombear un tiempo más, que nunca se sabe.

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