La confusión de ser un espectro

Soy un fantasma.
No me acabo de dar cuenta… llegué a esa conclusión luego de años y años de interactuar, en vano, con familiares y amigos.
Fantasma.
Tengo cuarenta y cuatro años, soy músico, hago fotos y escribo… pero, en realidad, no existo… y aunque vote y figure en el padrón,
carezco de substancia, ya que mi opinión cuenta menos que el número de neutrinos que en este instante atraviesan la materia irrelevante de mis dedos y de mis pupilas harto cansadas del inocuo devenir.
Fantasma.
No es que la gente me evada, tampoco que me rechace… es mucho más simple: nadie escucha a un fantasma, ni ahora ni nunca.
Wilde lo sabía muy bien, pero Wilde tenía un grave problema, más allá de que su prosa “tiene el burbujeante sabor del Champagne”…
era puto.
Y esa penosa característica convirtió a Oscar, de algún modo, en lo que yo soy:
un innominable espectro.
Empezó muy temprano, en casa, con papá y mamá… un triste asunto de agua y aceite.
En la escuela primaria se volvió feroz… ahí me confundí al punto de buscar diariamente espejos y vidrieras para comprobar mi corporeidad cada vez más vacilante… llegué a creer que mi sentir era menos relevante que las humillaciones ejemplificadoras de mis maestras de grado, y los castigos coercitivos, más reales y necesarios que mis urgencias esprituales básicas.
No tiene sentido la mera enumeración de lo que ya nunca se detuvo hasta el día de hoy… ser un fantasma es, como diría Schopenhauer,
una sucesión de anacronismos.
Una mera “fantasmidad”, diría el viejo y lúcido pensante.
Hoy por hoy, ya convencido de mi irrealidad, compruebo sus efectos:
Toco el timbre en el bondi y el chofer no me abre.
La gente, teléfonos mediante, me atropella en la vereda.
Me soslayan en las colas del supermercado y en la parada del bus.
Los autos amenazan mi integridad de semáforo en verde o, en su presurosa vertiginosidad de objetivo esencial, bañan mis ignoradas transparencias con las aguas de la lluvia acumulada en el cordón.
Hablo y no me responden.
Tengo sed y no me dan de beber, tengo hambre y no me dan de comer.
A veces los niños me confunden… ellos me ven, me buscan y me aprecian,
pero todos sabemos que los niños no cuentan… valen lo que vale un número, una clasificación del uno al diez para lograr una triste bandera.
La policía también me ha perturbado en el pasado: las veces que me echaron mano me golpearon hasta hacerme creer que era real… pero no.
Una vez, desesperado, llegué al punto de entrar en una librería de avenida Corrientes, robar un libro y correr… me vieron.
Luego de atraparme, la austeridad del calabozo y el frío de la prisión en la piel probarían que soy real, pero ni estoy en la TV, ni aparezco en los diarios, ni resueno en las radios, ni me nombran en las revistas… tampoco nadie lee lo que escribo ni se toman el tiempo para escuchar mis músicas.
He aceptado, por lo tanto, que lo soy: un fantasma.
Y odio las verduras… sin embargo me las cuecen año tras año para Navidad.
No me importa mucho, en realidad… disfruto de la amistad de unos pocos fantasmas que, como yo, comparten mi mate, filosofan mis miserias, beben mis moscatos y aprecian mis pizzas.
Y no temen.
Y los demás, los que son de verdad, ya no me importan más.
Que se guarden las sobras, ésos.

fan

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