Esperar entre mangueras, cánulas y espéculos…

Una historia clínica es una crónica de lo que padece un sujeto mientras rumbea hacia su liberación final, sea por volver a la salud o por el triste espiche. Pinchazos, cánulas, tubos de ensayo, filmografías interiores, espéculos, vasos de aguas y pastas infames, fuelles de oxígenos, sueros, jeringas, mangueras, pollitos hervidos, pantallas electrónicas emitiendo “bips” hipnóticos, camillas y gasas y pañales y pomadas y papeles y enfermeras color rosa con caras de cruz roja manteniendo el poder de la vida del ser amado entre el bolsillo del celular, el frasquito de yogurth y la corta caminata desde la puerta del nosocomio hasta la parada del bondi que lleva hasta casa y los pibes y la caliente sopita amiga. Así de idiota. Así de ridículo y desesperante.
Y la gente a veces se muere… ¿quién no?
Iba yo, entonces, hacia ese historial nefasto, y luego hacia el otro, hacia el que habla de mi paso por las dependencias del “Coro de los locos”, y en ese interín me agarré de las fotos como de una tabla de salvamento, o mejor -ya que hablamos de espéculos muy abiertos-, del cajón, como Ismael se agarró del féretro para salvar su vida de las aguas y de las terribles fauces de la Ballena Blanca.
De cualquier modo todo es una cuestión de tiempo. Todo.
Reflexionar y reír son herramientas, mecanismos de defensa, que, si la cosa se pone seria, no alcanzan para espantar al espanto.
Y se termina la vida.
Y llega la tristeza.
Esperar que ella se vaya de una vez, con la hermanita paciencia que siempre ayuda, es lo único que podemos hacer. Hasta que vuelva la dicha, si vuelve. Y hasta que comience todo otra vez, si comienza.

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