Una palabra

Etimológicamente hablando, la palabra “pecado”, tanto en la antigua tradición judaica como en la griega, suponía “no acertar en la meta”, “errar en el blanco”.
Implicaba una búsqueda consciente: tensar el arco, soltar la flecha y acertar en la “diana”, que es el círculo central del redondel de paja, o sea, del blanco.
Se llegaba a acertar en la diana, infaliblemente, practicando “a consciencia”.
También suponía un plurivalente respeto por la libertad individual implicada en esa búsqueda.
Asombroso.
Un par de milenios más tarde la palabra olvidó sus raíces y transmutó… hoy “pecado” significa: “transgresión voluntaria de un precepto/dogma tenido como bueno”.
Ya no implica ni búsqueda, ni libertad, ni juego. Implica culpa.
Y así, una hermosa palabra se volvió un arma.

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