Tierra

La realidad es un sofisma. Hay tanta realidad -o, en valor, la misma- en un astronauta orbitando el planeta que en un verdulero boliviano vendiendo de ocho a veinte, seis días a la semana, con mujer, cuatro pibes y segurísimas vacaciones en Potosí.
Lo mismo en una cancha de fútbol, en un baile cayengue, en un casamiento de blanco, en un velorio. Pasa, esencialmente, lo mismo. Todo eso es la realidad… más el cuerpo, más las nubes en la cabeza, más el miedo.
Dios, mamá, el diablo, el sexo. Papá.
Se puede estar de acuerdo o no, con eso no hay problema. Lo que no puede es rebatirse, porque es así -siendo la realidad que sea-.
No puede explicarse, no hay explicación. Y si las hay, son infinitas… la realidad toda es permeable a cualquier razón, a cualquier escisión, a toda filosofía y a ninguna.
Los peronistas tienen razón. También los anarquistas. Tienen razón los hétero, los homo, los transexo, los nosexo, los mutantes.
Tiene razón mamá, tiene razón el nene y papá y la nona, todos.
El Papa tiene razón. Y Mahoma y Jesús y el Señor… Krishna rodeado de sus sexys Gopis bailoteando al son de la flauta bajo el sol de Vrindavana.
Trotski tiene razón. Hitler, Marx, Bush, Bukowski.
Entonces primero fue el velorio, luego la calle y después el camposanto… tres.
Y en esas tres, miles.
Los micros escolares y el llanto del hombre de hierro valen lo que un perico masticando los pétalos de una flor rosada.
Había mucho sol e hizo calor.
Tierra.

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