Apocalipsis domingo

No hizo falta leer a Juan para creer en la inminencia del fin de los tiempos. Bastó con salir de casa a las dos de la tarde con el sol de domingo en la nuca, subir al 123 rumbo a Chacarita, caminar desde el cementerio hasta el obelisco soslayando cáscaras de bananas, forros usados, escupitajos verdosos, packagings de hamburguesas americanas -del norte-, vidrios ámbar de birras destrozadas, macumbas y cagadas de ratas, tratando de respirar poquito y superficial para no incorporar al sistema todo ese tufo irrespirable de avenida Corrientes 2012 y su tonelaje de política basura acumulada -es significativo que de la basura humana se ocupe otra basura humana-… las ratas buscando restos bajo el sol para sus hambrientas crías, los escapes libres atizando mis oídos como mil demonios encerrados en una botella demencial, celulares chillando cumbias, polis haciendo nada mientras baja una marea humana rumbo a la plaza con banderas llenas de muertos y de aburridos colores del cielo… nalgas y piernas y piercings y panzas astronómicas danzando un cuatro cuartos por la puerta de Güerrín, comparsas chi-chi-chin y bombos perón-perón con los restos de platillos y las hoces y martillos; las calles cortadas,  las persianas cerradas, el MIEDO!… y hay nubes de tormenta color negro en el horizonte saturado de hollín también negro, y hay amenazas de bomba, atómicas, y los aviones cacerola girando por el cenit y esperando para descargar sobre el palco de Cristina toneladas de fideos con tuco sangrante, pasta seca, pasta base, tuco pro, y yo mejor me voy escapando rumbo a Retiro y al tren-santo-de-la-espada porque me baleo nomás, me baleo frente a todos con un cucurucho podrido, con una estrofa del himno nacional, himno proletario, mentiroso himno brujo y AAA, me baleo con una lágrima cristalizada por la vista perenne de tanta muerte, una lágrima derramada en pos del fin del reloj y de los esclavos-repuesto de la villa 31 y de los gases tóxicos del puerto y de la última era vergonzosa y decadente del pos-moderno pos-desorden pos-mundial. Pero la cosa no terminó ahí. Llegué a casa a las 21 a punto de morir y, gracias a Dios, con unas pocas ganas de seguir viviendo… entonces encuentro a mi chica -mi balsa, mi fuego- con muchas ganas de caminar -o de escapar, que es lo mismo-, y entonces al rato salimos -de nuevo- pero esta vez rumbo a Ciudad Jardín, Palomar. Y si la tarde fue un montón de mierda junta, la noche fue un placer, un placer ying & yang, pateando por las callecitas chiquitas de ese barrio pequeño y silencioso casi detenido en el tiempo, haciendo fotos y olvidando todo el problema del cerebro y sus nubes-pensamiento, mientras tomamos mates amargos en la placita Lodelpa frente a los helados de Tino’s, bajo los cables y las ramas y los pajaritos durmiendo. Y las estrellas plateadas siempre bellas. Y tu sonrisa, igual. Y de nuevo las estrellas sagradas, estrellas de medianoche, siempre -gracias a Dios- tan soberanamente indiferentes al drama humano.

Comentarios

Apocalipsis domingo — 2 comentarios

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      ¡hugs!