La marea

Estaban sentados en un bar del centro porteño. Bebían fuerte, en la madrugada de un lunes cualquiera. Corrientes y Figueroa. Ella vació el vaso y lo miró. Su pelo era del color de las rosas, lo mismo que sus labios y el esmalte en sus largas uñas. En sus ojos, extrañamente melancólicos, habitaba una tristeza desesperada sitiada por largas y curvas pestañas de un color negro desesperado. Encendía un cigarro tras otro con esa liviandad que otorga la falta de respeto por la juventud y por la convicción de querer vivir al mango una vida no muy larga.
-No puedo creer lo que me decís… ¿nueve?… ¡no lo creo!
-Creélo, estuve ahí.
-Fuiste uno de ellos.
-No, yo estaba con Mariana… pero ya sabés como es esto, estábamos todos en la misma habitación.
-Yo ya la he visto a tu Mariana con otros.
-Para el caso yo también… no sé qué tiene que ver con lo que te estoy contando ¿vos creés que siento celos?
-No, yo no creo que puedas sentir mucho por ella. Ni por nadie.
-Un calco las dos, me dice lo mismo; a veces pienso que hasta podrían ser amigas, si no estuvieran tan locas y cabreadas.
-Yo no estoy loca.
-No claro, ella tampoco.
-No seas irónico, y no me compares con esa yegua.
-Ok, me callo, entonces.
-No seas malo.
-“No seas”, “no seas, “no seas”, represión.
-No.
-Sí.
-Sos cruel.
-Eso ya es ser algo. Y vos sos tan sincera… en este mundo eso equivale casi a no existir, pero zafás por tu magistral manejo de esa culpa que casi te humaniza.
-Que turro, ya sé que para vos no existo.
-Más culpa.
-Sos misántropo y mal educado.
-Más culpa aún. Podrías organizar una turba ahora mismo, apedrearme en la vereda y crucificarme en el shopping del Abasto.
-¿Te parece?, ¿y quién seguiría a esta criatura?… antes que a vos seguro me cuelgan a mí, fijáte lo que soy.
-¿Qué sos?… una mujer hermosa.
-Sí, jaja.
-Realmente lo creo.
-Si creyeras eso estarías conmigo y no con esa puta.
-Bueno, bueno, vos andá con cuidado que hace rato vienen buscando por el barrio una santa para canonizar.
-Seguro es mejor que estar viendo tu cara de cornudo.
-Te olvidaste decir: “de cornudo conciente”.
-Eso.
Terminaron la ronda y ordenaron otra. La avenida dejaba de ser un débil arroyo nocturno para convertirse en un ancho torrente de motores y cauchos y metales y nervios y prisas por llegar a cualquier lado. Y dentro de cada vehículo mudaba hacia su destino un ser humano atravesado por millones de torrentes químicos que activaban emociones y furias y desgracias y deseos y salvajismos ancestrales hacia una nueva y mecánica alborada.
A las ocho de la mañana todavía vaciaban sus bebidas blancas, arrastradas desde la noche anterior como un par de náufragos extraviados en una isla marginal rodeada por un mar de cafés con leche y medialunas de grasa.
-¿Qué vas a hacer entonces?
-Me voy con ella… ¿qué más puedo hacer?
-Pero no la amás.
-No, pero ella no lo sabe, o no le importa. Le sirvo, como ella a mí. La guita y el sexo, todo cuaja.
-Cambiaste mucho desde que éramos chicos.
-No tanto como vos, que ahora sos “chica”.
-¿Y te gusta la chica que soy?
-Ya sabés que sí.
-No te creo. Te gustaba antes de calzarme la primera minifalda, pero ahora no estoy tan segura ¡pasaron tantas cosas en los últimos años! Yo ya olvidé quién era, y menos mal: hice la jugada correcta, pero ¿vos?… lo tuyo es una negación total de la realidad; no sólo tus deseos, también tu corazón.
-Lo decís tan segura que apesta.
-No me olvido de aquello. Del principio. No puedo olvidar aquello. Ni cómo lo hacías. Sé que no es así con ella, y no me preguntes cómo lo sé; simplemente una mujer que ama no se equivoca.
-Bueeeno, jajajaaa.
-¡De que te reís, idiota!
Las lágrimas brotaron de esos pozos de melancolía como una tragedia llena de espinas. Había dolor en esos pozos. Y ese dolor era antiguo, muy antiguo. Era un dolor envejecido, detenido, mohoso, rancio; un dolor que, como un callo, no aflojaba en su aspereza con nada, ni con nadie, ni en ningún lugar.
-Te burlás de mí por lo que soy, pero esto que soy está entremezclado con tu historia y con tu voluntad. Yo soy la responsable de esto que ves y que te da asco…
-No es verdad que me da asco.
-… pero vos también sos responsable de esto que ves y que te da tanto asco…
-Te digo que no me das asco.
-… y venís a despedirte porque te vas con ella, te vas por la platita de su papi contento y también por tu platita de tu papi feliz; te vas con ella porque te tranquiliza no ser el responsable entero de su placer, porque tu corazón, con respecto a su alma, no aguanta, y el cuerpo… ¡que es el cuerpo sino una futura ruina!; entonces me llamás para compartir unas copas conmigo, las últimas copas con tu freaky fetiche solitario, porque te gusta que te vean conmigo, es cool, venís a mostrarte y a venderte frente a mí como en una vidriera, o como en una pasarela, te vendés como en un cartel de la calle o en una propaganda de la televisión, pero todo es una postura… ¡mucho peor!, ¡un negocio!, ¡un escape!, es la triste lógica del avestruz que en la inminencia del ataque mete la cabeza en un agujero para escapar… y te creés tan loco, tan vivo y tan sofisticado que terminás autoengañado hasta en lo fundamental: que estás hoy frente a mí, tomando por culo, sólo para calmar la culpa y el remordimiento por tratarme como un objeto que pegás a tu cuerpo para embellecerlo, para que todos pasen y vean y digan: “qué lindo, que hermoso: ¡ahí viene el gran poeta con su fetiche color rosa!, ¡con su maravilloso y freaky fetiche de pelo color rosa con sus uñas color rosa y con su vestidito amarillo diminuto y con sus kilométricos tacones transparentes!”, y estos zapatos resulta que son kilométricos como mi dolor y mi desesperación; y también como tu desasosiego, porque ¡me usás!, ¡siempre me usaste!. Por eso: no juegues vilmente conmigo a tu tonto juego esta última vez, ¡fuera esa careta!, ya los dos sabemos que cuando acabemos estas copas te vas a ir con todo aquello que ella representa, y te vas a olvidar de mi como te olvidás de cualquier desecho que tirás al tacho de basura, que es adonde todo impuro desperdicio debe terminar.
Se hizo un silencio enorme, crudo, pesado como un puente infranqueable. Él apuró el vaso, levantó la mirada y, temblando, repitió:
-No me das asco.
-Calláte, por favor.
-Creéme. Te pido que me creas.
-No te conviene que te crea, porque si te creo, entonces sos un cobarde.
-Sí, lo soy. Soy un cobarde.
-Elegís la muerte, entonces. Elegís quedar bien, satisfacer a todos… menos a vos. Y a mí, por supuesto, la única en este planeta que te conoce entero y que de verdad te ama como sos.
La marea humana ya reptaba por las veredas, cruzaba las calles, subía a los bondis, bajaba de los taxis, brotaba de las bocas del subte con sus destinos pegados en la frente y en la palma de las manos, manos que abrían puertas y cerraban puertas que mañana volverían a abrirse y a cerrarse, una y otra y otra vez, y eso hasta que se cansara el cuerpo de abrir y cerrar y reventara, o hasta que rompieran las puertas a patadas, o hasta que arrojaran la maldita bomba de una buena vez.
Él pidió la cuenta. Pagó. La miró y sintió derrumbarse su interior como una demolición irremediable, una triste agonía sin aire ni sonido. Era verdad que se moría sin ella, todo era verdad… pero ¿qué dirían todos?
-Vamos, le dijo.
Salieron a la calle. El primer rayo de sol que había logrado subir por encima de los edificios les pegó de lleno en la cara. El sintió esa tibieza y otra vez el vuelco interior, el miedo, la incertidumbre y el espanto. Una fría soledad de hierro.
La miró de nuevo. Era hermosa, una criatura hermosa, su criatura favorita desde siempre. Sintió en sus venas y en su corazón la certeza de que podría arrojarse dentro de ella y desaparecer del mundo con tanta simpleza como es fácil para el mar hacer sus olas.
-Vamos a un telo.
-¿Qué?
-Que vayamos a a un telo. Ahora.
-Pero ¡vos te casás en cuatro días!
-Eso aún no lo sé.
Subieron al auto, buscaron un telo, entraron e hicieron lo que hace tanto tiempo deseaban continuar.
Y se tomaron el tiempo necesario para dejar pedazos de alma entre las sábanas.

Cuando salieron a la calle el sol ya llegaba al cenit y el invierno sonreía.
-Te llevo a tu casa, le dijo él distraídamente mientras detenía el auto. Ella lo miró, en silencio, largos, larguísimos segundos.
-No, gracias- finalmente respondió -dejáme acá que son pocas cuadras y me voy caminando.
Silencio.
-Bueno, chau, dijo el.
Silencio.
-Chau, dijo ella.
Entonces abrió la puerta, bajó del auto, cerró la puerta, se secó la última lágrima, la desparramó suavemente en el parabrisas delineando un pequeño corazón, dio media vuelta y se fue caminando por Anchorena rumbo a Avenida Santa Fe. Él, vacío, se la quedó viendo hasta que ya no la distinguió entre la marea.
Ahogado por el llanto, dobló a la izquierda y enfiló, ya apurado, para la casa de cotillón.

la marea

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