Dos meses

Claudio salió del consultorio y se quedó ahí, esperando algo que nunca llegó. Miraba la calle y pasaba un auto; miraba el cielo y pasaba un avión. A dos cuadras estaban haciendo el túnel nuevo y la geografía del lugar era de barro y de grúas, de hierros retorcidos y de mangueras echando aguas, de vallas de metal y de rieles y morteros y tejidos de colores flúo, y de cascos inmigrantes trabajando los trabajos que ya nadie buscaba trabajar, salvo los inmigrantes. Caminó las dos cuadras, como un autómata, y se detuvo justo en el borde del agujero: parecía haber sido trepanado por un ácaro gigante, o por una medusa, o por una lombriz anillada de ciencia ficción. El sol caía, como cae todos los días; las aves regresaban a sus nidos, como regresan todos los días. La gente volvía de sus trabajos, o caminaba hacia sus trabajos, y Claudio, mirando el agujero, pensaba en su pito, en su uretra y en sus fallidas erecciones, en el culo de su joven secretaria y en las pastas y en la quimio y en las ojeras del doctor, que le había dado el veredicto como quién canta una marcha fúnebre; y también pensó en su hijo adicto, y en sus repeticiones año tras año, y en su pequeña hija muerta, y en su hermana lisiada que no veía hace meses enteros, y en su sufrida mujer que lo esperaba a medias, o ya no lo esperaba, a decir verdad, porque estaba cansada de esperarlo, porque Claudio, olvidando todo y a todos, sólo había tenido tiempo para él, o para una parte de él, esa parte que era la de su éxito asegurado, y su guita asegurada, y su auto asegurado y su gimnasio asegurado y sus reuniones con sus amigos asegurados como él, reuniones en el tablao del bar del tablao, frente a Plaza San Martín, con whisky y con puros y humos y pastas y guitarras chillando semitonos, y merca  y risotadas y bailarinas flamencas revoloteando sus polleras rojas y negras todo alrededor, rojo y negro como macumbas, y más guitarras y más piernas femeniles revestidas con toneladas de nylon fino multicolor, y pastillas, y portaligas y puntillas, y billetes, y la confusión polisexual, y las salivas y los derrames y más y más y más de todo y al mango, al palo total, todo a la velocidad de la luz, todo eso que antes adoraba y que ahora, con la papa devorándole las pelotas, le parecía cruel, vano, desatinado, trágico y soberanamente estúpido.
-Dos meses-, pensó, -dos meses de vida, dijo la rata hipocrática-. Entonces se rió de su ocurrencia. La rata. Hipócrates en el Olimpo. Mierda de Hipócrates. Luego pensó que -dos meses es menos tiempo del que le lleva al limonero del jardín crear sus limones; dos meses es menos tiempo que el que necesita una mujer en concebir un niño; dos meses es el tiempo que le llevó a Hitler reconocer frente al espejo que estaba derrotado y acabado y fulminado y rodeado por el ejército aliado como ahora yo estoy rodeado por este estúpido cáncer de huevos, cáncer, como el signo del zodíaco, cáncer, como el bicho que tiene pinzas en las manos y camina para atrás, cáncer, papa, tumor, granuloma, sarcoma, enfermedad; cáncer hijo de puta, cáncer de mierda, cáncer la reconcha de tu madre, cáncer la reputamadrequeteremilparió, vida hija de remilputas y dios, Dios de Mierda, dios, Dios DIos, DIOS HIJO DE REMIL PUTAAAASSS Y LA REPUTA MIERDA PUTA SANTA MADRE DE MIERDA QUE TE HIZO RE MILPARIR, DIOS LA CONCHA DE TU MADRE DE MIERDAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!
Algunos operarios, asustados por el grito, lo miraron con extrañeza. Luego bajaron los ojos y continuaron con sus hierros y con sus mangueras y con sus pinzas y con su agujero extraterrestre… -idiotas-, pesó Claudio cuando se calmó, -hacer ese agujero es tan idiota-.
Luego esperó. Pasó un tren rumbo a Chacarita. Unos minutos más tarde pasó otro tren, rumbo a Campo de Mayo. Claudio Esperó. Aparecieron las estrellas. Los operarios se fueron yendo. Claudio esperó hasta que cerraron los negocios. La calle se fue llenando de silencio, y Claudio esperó. Cayó una estrella fugaz. Pasaron dos gatos. Pasaron más trenes… “clin, clin clin”, sonaron en medio de la noche las campanas anunciando el paso del convoy. Y Claudio siguió esperando, al borde del acantilado, hasta que sólo quedó el sereno. Y esperó, también, hasta que el sereno encendió el fuego, y coció su carne y chupó su vino y, hasta más tarde, cuando el sereno se metió en su sucucho a dormir la mona, después de la carne y las brasas y la damajuana de rigor.
Serían las doce y media de la noche cuando Claudio se dio cuenta de que estaba esperando ahí, al lado de la fosa y bajo las estrellas infinitas, sin saber que mierda esperaba.
Entonces, derrotado, caminó hasta el auto, se subió, arrancó y se fue a su casa para poder dormir.

dos meses

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