Otra vez en El Bolsón

Es raro que esa comarca -no la pisaba desde 1996- tenga como nombre el apellido del protagonista de “El Hobbit”. Es raro que uno camine por ahí y se encuentre con elfos en las vidrieras, gnomos en las ventanas, enanos en las estanterías, orcos en las alcantarillas… y pipas de hierba, botas de cuero color verde, túnicas multicolor de lino finísimo, carne cocida desde el hueso.
Es raro estar en la Patagonia y ver un grafitti a cada paso, en cada pared y en cada esquina… quejas y más quejas contra el sistema, contra el capitalismo, contra el poder, contra los agroquímicos, contra la iglesia, contra la diferenciación sexual, contra las piernas depiladas de mujer, y… ¡marihuana libre! -adhiero-, y ¡muerte a los serios! -adhiero too-. Pero viendo el negocio-kiosco-vidriera-uuuy-que-hippie-re-loco-que-estoooy- terminan resulatndo esas pancartas tan vacías de contenido como repletas de una superficial hipocresía de compra-venta, de “te vendo una ideología por quince días de locura”…  y eso hasta que llegue el momento de regresar a la gran ciudad, al traje y la corbata y al perfume procesado con aceite de ballena… y a ¡sellar impuestos!, y ¡a atender viejas cascarrabias!, contar y acumular la guita que siempre es de otros en una caja irrelevante del Banco Nación, o, si estamos de suerte, en el Francés.
Pero lo más raro no es sólo esto, sino que no llueve. Y hace mucho calor. Y vuela, la re puta madre, tanta tierra… tierra en las fosas nasales, tierra en la boca, en las patas, en el pito, en el agujero de las orejas, en el agujero del culo. Si no fuese por las truchas recién sacadas del río que tiramos en la parrilla, los hongos exquisitos de la feria artesanal, el cordero patagónico dorándose a las brasas, las botellas de tinto y de birras multicolor, entonces podríamos concluir que El Bolsón fue una mierda… ¡tanta gente en Lago Puelo!… y ¡mugre!¡cuanta mugre!.
Pero no. Mejor no hablar de ciertas cosas. Extraño esa instancia del viaje, la previa a la partida.
Reconozco que tuvimos mucha suerte, mucha, en encontrar esa cabaña tan económica, con esas parrillas excepcionales y esa vista envidiable de los cerros. Volver al Bolsón fue, también, algo así como recuperar un poco el espacio de “hijos sin padres”, luego de la maravillosa instancia del Brazo Machete.
No me malinterpreten, allí gozamos de libertad total. Pero en El Bolsón hicimos lo que nos sale mejor: nada. Bueno, no nada, comer, respirar y chupar, hasta el punto de reviente.
Y salir por la noche a ver las criaturas que reptan en la noche, y tocan la guitarra y cantan y sueñan y fuman y fuman y fuman… importados fumones mutantes beodos… y no mucho más que eso ¿acaso quieren mas?
Uno no elige que recuerdos lo emocionarán en el futuro.

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